En mi condición de humorista gráfico en diferentes medios
de prensa local he podido constatar «desde fuera» las
miserias y grandezas de la profesión periodística.
Para empezar a estirar del ovillo podíamos coger un cabo llamado
«falta de autocrítica». El colectivo periodístico
es muy dado a ver la paja en el ojo ajeno y no la viga en el propio.
Quizá esa falta de autocrítica, esa sensación
de que las cosas son como son, esté en la raiz de las malas
condiciones de trabajo que tienen muchos profesionales. Me explico;
cualquier becario que lleve más de una semana en prácticas
dentro de la redacción de un periódico constata inevitablemente
que las relaciones internas, las condiciones laborales o el sistema
de trabajo son, en muchos casos, surrealistas. Nuestro becario, desgraciadamente,
empieza a metabolizar que es eso es así y que nadie lo va a
cambiar. La anormalidad es lo normal.
Me encontré hace tiempo a un antiguo redactor que, cansado,
dejó la profesión. Eran las ocho y media de la tarde
y salía de su nuevo trabajo. Me dijo: «No sé,
me voy con la sensación de que dejo algo por hacer».
Claro, él habitualmente acababa de picar sus artículos
entre las once y las doce de la noche. Yo pensé: «Sí
supiera que la mayoría de mis amigos a las seis ya están
en casa poniéndose las pantuflas».
Veo con tristeza como jóvenes con ganas de trabajar e ilusionados,
desafortunadamente se van quemando con el tiempo ante un horario asfixiante
y una remuneración muy mejorable. Las fases de la metamorfosis
son:
1)
joven de veintipocos, recién salido de la facultad con ganas
de comerse el mundo al precio que sea.
2) redactor novato, con ganas de aprender.
3) redactor veterano, con iniciales síntomas de frustración
4) padre de familia que cada vez le pesan más las horas robadas
a los hijos en la tarde noche o el fin de semana.
5) zombie altamente desmotivado que solo piensa donde puede haber
una salida de emergencia.
¡La que sea!. Me da pena ver como periodistas de gran valía
con el tiempo abandonan este mundo para dedicarse a otros quehaceres
más normales. En el mejor de los casos a ser portavoces de
algún organismo (aaah, el horario de funcionario).
Quizá se pasen a otro tipo de actividad laboral o simplemente
a buscarse la vida como buenamente puedan. Recuerdo a mi amiga Ana,
la conocí cuando cursaba 4º de Periodismo y los fines
de semana hacía sus pinitos en la sección de Local.
Hoy por fin ha conseguido una plaza interina como profesora de piano
en el Conservatorio.
O Josep Maria, mi primer director, un periodista hasta la médula.
Yo devoraba sus columnas porque me daban todas las claves para interpretar
la trastienda de la noticia y así hacer un chiste que realmente
pusiera el dedo en la llaga. Hoy Josep Maria es jefe de relaciones
de un importante organismo público. Hay muchos más nombres
pero no les quiero aburrir.
Pienso en la cantidad de profesionales maduros, con el disco duro
cargado de datos que ya no volverán a explicarnos la actualidad
o a escribir columnas de opinión que el lector sin duda agradecía
por lo fundamentado de sus observaciones. No critico su elección
en absoluto. A nadie se le puede exigir un sacerdocio de 24 horas.
Y si tiene pareja e hijos, menos.
Así es en general la realidad de la prensa comarcal en la que
yo trabajo. ¿Y que nos queda? Pues que el periodismo comarcal
es como un inmenso McDonald's. Una buena salida laboral para chavales
jóvenes, sin ataduras, y a ser posible, sin familia. ¿Que
tipo de periodismo puede crecer en este substrato? Ustedes mismos.
El periodismo, como el dibujo, es algo vocacional. Una especie de
amor obsesivo. Lo damos todo por él aunque no nos corresponda.
Un sentimiento muy humano. Literariamente bonito.
El hombre es básicamente sus sueños. Luchamos por ellos
y nos dejamos la piel en el intento aunque sepamos que la derrota
es en muchos casos el final más probable.
Pero... y si como ocurre en el amor, la auténtica derrota fuera
no haberlo intentado.
Viernes, 21 de Noviembre de 2003