Hay honesto talento en el gremio periodístico para abordar
la olvidada discusión acerca de lo que somos y en torno
al camino de este oficio de informar. Nadie quiere hablar del
asunto y nos alejamos del tema como si hubiésemos tenido
cerca de un leproso. He perdido el número de las veces
que, al conversar con colegas, algunos manifiestan preocupación
por estos tiempos del periodismo que corren, pero las conversaciones
siempre terminan en un “tenemos que reunirnos” o
un “llámame para ponernos de acuerdo”.
Hasta allí ha llegado el tema cuando es puesto sobre
la mesa. En las conversaciones, por lo general, se habla sobre
los periodistas que asumieron un papel de militantes de partido,
de la libertad de expresión, de los que no se identifican
con ninguno de los integrantes del cuerpo político de
la sociedad, de los extremos radicales, del bozal de arepa,
de los medios de comunicación, de los políticos,
de los que nadan a favor o en contra de la corriente, de las
agresiones, etcétera, etcétera.
Pero qué cosas de la vida, pocos suelen decir más
de tres frases sobre el ejercicio de la profesión, casi
nadie dice algo sobre la calidad informativa y ni siquiera se
plantea una discusión abierta en relación a algo
tan real como objetividad y subjetividad, importancia, consecuencias,
qué opinan los lectores y pare de contar.
Las escuelas no sólo siguen allí, sino que proliferan
y nadie tiene qué decir sobre su funcionamiento y calidad
y mucho menos plantearse qué periodismo tendremos en
10, 15 o 20 años. ¿Por qué los muchachos
no hacen tesis? ¿por que no se vinculan con las organizaciones
gremiales? A veces algunas interrogantes se cuelan en las mesas
y serpentean entre los vasos y el licor, pero siempre quedan
para otra discusión.
Pensamos que hay muchas cosas sobre las que se debe hablar en
materia del ejercicio de nuestra profesión, pero todos
parecen tomar distancia de la discusión, nadie parece
querer saber. Nos hemos preguntado, en ocasiones, qué
profesionales formamos y con que fin. ¿Para qué
escribimos? ¿o realmente lo que hacemos es transcribir?
¿qué ocurre en la profesión? ¿lo
hacemos bien, muy bien, regular, mal, muy mal? ¿por qué?
Incluso, nunca nos preguntamos si realmente podemos hablar de
lectores. ¿tenemos argumentos para hacerlo? ¿Sabemos
en realidad si los ciudadanos leen? No es ser majaderos, porque
¿qué sentido tiene escribir para que nadie lea?
¿nos leen todos los venezolanos? ¿el país
político? ¿el estudiantil? ¿los empleados
y obreros?
Necesitamos, ciertamente, abordar por todos los ángulos
la profesión. Saber qué ocurre con ella, dónde
están sus dificultades y posibilidades es abrir una nueva
ruta para el periodismo.
Pero es que ni siquiera allí se queda el problema, porque
de otro lado tenemos las organizaciones periodísticas,
las cuales deben ser parte vital de la discusión. ¿Dónde
están las discusiones sobre las organizaciones? ¿funcionan
bien, bien, regular, mal, no funcionan? ¿o es que no
debemos hablar de ellas?
Si el espacio fuese infinito habría posibilidad para
muchas interrogantes más. El equilibrio siempre es fundamental
para la existencia de la vida y si no existiera no la habría
y ello es válido para la sociedad y sus instituciones,
o ¿es que acaso el periodismo no es una institución?
Y si no lo es, ¿cuál es la institución
nuestra? No hay tiempo largo ni corto para reflexionar, sólo
existe la reflexión porque el tiempo lo inventamos nosotros.
(08/02/04)