Pedro Estacio:
Hora de Reflexión


Hay honesto talento en el gremio periodístico para abordar la olvidada discusión acerca de lo que somos y en torno al camino de este oficio de informar. Nadie quiere hablar del asunto y nos alejamos del tema como si hubiésemos tenido cerca de un leproso. He perdido el número de las veces que, al conversar con colegas, algunos manifiestan preocupación por estos tiempos del periodismo que corren, pero las conversaciones siempre terminan en un “tenemos que reunirnos” o un “llámame para ponernos de acuerdo”.

Hasta allí ha llegado el tema cuando es puesto sobre la mesa. En las conversaciones, por lo general, se habla sobre los periodistas que asumieron un papel de militantes de partido, de la libertad de expresión, de los que no se identifican con ninguno de los integrantes del cuerpo político de la sociedad, de los extremos radicales, del bozal de arepa, de los medios de comunicación, de los políticos, de los que nadan a favor o en contra de la corriente, de las agresiones, etcétera, etcétera.

Pero qué cosas de la vida, pocos suelen decir más de tres frases sobre el ejercicio de la profesión, casi nadie dice algo sobre la calidad informativa y ni siquiera se plantea una discusión abierta en relación a algo tan real como objetividad y subjetividad, importancia, consecuencias, qué opinan los lectores y pare de contar.

Las escuelas no sólo siguen allí, sino que proliferan y nadie tiene qué decir sobre su funcionamiento y calidad y mucho menos plantearse qué periodismo tendremos en 10, 15 o 20 años. ¿Por qué los muchachos no hacen tesis? ¿por que no se vinculan con las organizaciones gremiales? A veces algunas interrogantes se cuelan en las mesas y serpentean entre los vasos y el licor, pero siempre quedan para otra discusión.

Pensamos que hay muchas cosas sobre las que se debe hablar en materia del ejercicio de nuestra profesión, pero todos parecen tomar distancia de la discusión, nadie parece querer saber. Nos hemos preguntado, en ocasiones, qué profesionales formamos y con que fin. ¿Para qué escribimos? ¿o realmente lo que hacemos es transcribir? ¿qué ocurre en la profesión? ¿lo hacemos bien, muy bien, regular, mal, muy mal? ¿por qué?

Incluso, nunca nos preguntamos si realmente podemos hablar de lectores. ¿tenemos argumentos para hacerlo? ¿Sabemos en realidad si los ciudadanos leen? No es ser majaderos, porque ¿qué sentido tiene escribir para que nadie lea? ¿nos leen todos los venezolanos? ¿el país político? ¿el estudiantil? ¿los empleados y obreros?

Necesitamos, ciertamente, abordar por todos los ángulos la profesión. Saber qué ocurre con ella, dónde están sus dificultades y posibilidades es abrir una nueva ruta para el periodismo.

Pero es que ni siquiera allí se queda el problema, porque de otro lado tenemos las organizaciones periodísticas, las cuales deben ser parte vital de la discusión. ¿Dónde están las discusiones sobre las organizaciones? ¿funcionan bien, bien, regular, mal, no funcionan? ¿o es que no debemos hablar de ellas?

Si el espacio fuese infinito habría posibilidad para muchas interrogantes más. El equilibrio siempre es fundamental para la existencia de la vida y si no existiera no la habría y ello es válido para la sociedad y sus instituciones, o ¿es que acaso el periodismo no es una institución? Y si no lo es, ¿cuál es la institución nuestra? No hay tiempo largo ni corto para reflexionar, sólo existe la reflexión porque el tiempo lo inventamos nosotros.
(08/02/04)


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