Días
antes que se produjera la detención de Boris Blanco Arcia,
hoy confeso como autor material del homicidio del colega Jorge
Aguirre, ya había sido sugerida la tesis del asesinato
por encargo, la cual ha venido siendo reforzada por quienes
ocupan la Fiscalía General de la República, la
Defensoría del Pueblo y también en trabajos periodísticos.
El primero
en señalar “algunas extrañas e inciertas
circunstancias” en el suceso donde perdió la vida
Aguirre y la falta de claridad respecto del móvil fue
el periodista Eleazar Díaz Rangel, en su columna del
domingo 9 de abril, en la cual formuló las siguientes
preguntas: “¿Buscaban reprimir al periodismo? ¿Impedir
que tomara fotos de una manifestación?¿Asuntos
profesionales o personales? ¿Estimular reacciones de
calle, pacíficas o violentas, contra el Gobierno en momentos
de tensiones en toda Caracas?. Las investigaciones nos permitirán
despejar esas y otras interrogantes, como ¿quiénes
pueden tener interés en esas agresiones a los periodistas?
¿O fue un caso de represalia personal?”.
Basado en
la versión del conductor, Díaz Rangel descarta
la posibilidad “de un hecho fortuito, ni producto de un
altercado, ni la acción de un gatillo alegre, nada circunstancial”,
pues el motorizado “los siguió unos 300 metros
desde la plaza del Rectorado de la UCV. Fue algo premeditado,
pensado, organizado”.
“No
puede descartarse que el asesino sea un efectivo policial, un
sicario, un ex funcionario; en cualquier caso, debió
ser experto tirador, pero lo más importante es averiguar
el móvil: ¿por qué lo hizo?, ¿qué
buscaba?, ¿al servicio de quién estaba el asesino?,
¿de dónde la moto y el arma? Y la pregunta más
importante, la que se hacen los criminalistas: ¿a quién
beneficia el crimen? o ¿a quién debía beneficiar?.
Deducirán ustedes las razones que hacen tan compleja,
como importante, la investigación que tiene ahora en
sus manos el Ministerio Público”.
De las tres
opciones que consideró el articulista sobre quién
pudiera ser el asesino acertó en dos, pues al final han
quedado detenidos un efectivo policial y un ex funcionario,
éste último el autor material, quien de haber
actuado por encargo sería, efectivamente, un sicario.
De tres, tres para EDR.
Sin desconocer
la pertinencia de las preguntas formuladas por el profesor Díaz
Rangel, incluida “la más importante”, valdría
la pena acotar que así como preguntarse ¿a quién
beneficia el crimen? no basta para llegar hasta los supuestos
promotores del homicidio, tampoco serviría para exculpar
al sector de la sociedad al cual el hecho perjudica. Elementalmente.
Lo que si está implícito en su hipótesis
es, evidentemente, el móvil político en el asesinato
de Aguirre.
Para el
sábado 8 de abril, mientras se le daba cristiana sepultura
a nuestro compañero, el Fiscal Rodríguez anunciaba
que tenían las huellas del homicida y no descartaba que
la motocicleta perteneciera a un cuerpo policial, como en efecto
resultó, lo cual indica que las investigaciones estaban
bastante bien encaminadas. Y el lunes, entrevistado en VTV,
ya orientó la posibilidad de una autoría intelectual.
Ese mismo
día, el ministro Lara no se anduvo por las ramas: “El
asesinato de Jorge, cobarde y miserable, representa la tarascada
criminal de los focos de las fuerzas antidemocráticas
que se agazapan en los sectores nostálgicos del 11 de
abril, minúsculos pero abundantes en dólares y
macabras intenciones animadas desde allende las fronteras. Los
mismos grupúsculos que, apertrechados en lujosas oficinas
desatan el vendaval de infamias, injurias, vilipendios, difamación
e intrigas contra quienes enfrentan el despropósito de
usar la muerte de este eminente venezolano como recurso propagandístico
para que la mentira repetida hasta la fatiga neuronal, sea aceptada
como verdad. Goebbels aún tiene discípulos”.
Germán
Mundaraín, desde la Defensoría del Pueblo, mantuvo
el goteo en esta línea, al afirmar que “el crimen
contra el reportero gráfico Jorge Aguirre pudiera ser
la punta de una mecha que pretendía causar un incendio”.
En algunos
trabajos periodísticos también se apuntala la
tesis del asesinato premeditado: “Tras las investigaciones
se afianza más la tesis de que hubo un autor intelectual
en el homicidio del reportero gráfico para causar conmoción
nacional, luego que la opinión pública estuviera
indignada por el hallazgo de los cadáveres de los hermanos
Faddoul ese mismo día”. (El Mundo, 18 de abril
de 2006).
A decir
verdad, tratando de abonar en ese sentido, se llega a algunas
conclusiones un tanto forzadas: “La última gráfica
que tomó Aguirre fue ampliada y se observó que
la moto sí portaba la placa, pero estaba tapada con un
plástico amarillo, lo que indica que pudo haber premeditación
y planificación por parte de un autor intelectual”.
¿Si Blanco salió a la calle con intenciones de
cometer un delito, necesitaba de la asesoría de un autor
intelectual para que se le ocurriera ocultar las placas?.
Se señala
en el mismo trabajo que un dirigente de oposición había
pregonado a los cuatro vientos que el homicida era uno de los
hombres de Lina Ron. Esa versión también la oímos
nosotros en el velorio de Aguirre. El trabajo agrega que el
supuesto homicida había vociferado su crimen “frente
a una masa de personas”. Y se agrega: “para los
investigadores, si una persona mata a otra no lo grita a los
cuatro vientos”. Y se concluye: “La autoría
intelectual que indicó el Fiscal Rodríguez agarra
más fuerza”.
En el trasfondo
de esas hipótesis lo que subyace es esa profunda ruptura
de la sociedad venezolana en dos sectores que piensan respecto
del otro que es capaz de las mayores infamias, de las más
grandes perversiones, de los actos más inescrupulosos
que se puedan imaginar, incluido matar a un inocente bien porque
sienten un enorme desprecio por la vida de quienes el discurso
presidencial ha convertido en blancos o para quienes, en medio
de su frustración y desesperación política,
buscan “encender la mecha” que genere una conmoción
nacional.
Si el homicidio
de Aguirre fue premeditado y no producto de la reacción
de un sujeto arbitrario y sanguinario, con un perfil delincuencial
bien definido, es algo que las autoridades pudieran demostrar
tempranamente, ahora que el indiciado y el efectivo policial
que le facilitó la moto están en sus manos. Pero
ahora, no dentro de dos o tres años. El Fiscal pidió
un mes de plazo. Blanco, quien había sido “autoridad”
y pretendía seguir fungiendo como ella, ¿disparó
porque se sintió “irrespetado” o desconocido
en sus pretensiones o fue el brazo ejecutor de un plan urdido
por mentes macabras?. ¿Es cierto que antes de retirarse
del lugar, vociferö: “¡eso es para que respeten!...?,
como oímos decir la tarde del hecho en las afueras del
Hospital Clínico. ¿Está definitivamente
descartado el incidente vial como causa de un altercado?. Esperamos
que los detectives del CICPC diluciden plenamente estas interrogantes.
Lo que sí
ha quedado perfectamente claro con los homicidios del empresario
Sindoni, los Faddoul y su chofer y el periodista Jorge Aguirre
es que los cuerpos policiales y otros organismos de seguridad
están absolutamente corrompidos y envilecidos y sin un
ápice de confianza por parte de la ciudadanía.
Una vieja realidad venezolana que parece haber llegado a extremos
inimaginables.
Gregorio
Salazar
23-04-06