A lo largo de una vereda, por la cual se penetra desde la 125th,
en el sector del West End, a una gran plaza bordeada de altos
edificios en un suburbio de Nueva York, un hombre trata de abrirse
paso una terrible mañana de un invierno decembrino. Esta
bloqueado por la nieve y arrastra sus piernas con dificultad.
La lluvia de copos blancos no cesa y se siente hundido hasta
las pantorrillas. Está bien abrigado, un gorro montañés
de rayas azules y rojas le cubre hasta la barbilla. Es una de
las defensas contra el intenso frío que le cala los huesos.
En su mano derecha lleva un pesado maletín repleto de
libros y documentos.
A pesar de la ansiedad que le embarga, no puede apartar la mente
de recuerdos y antes de lanzar gritos a cuatro jovencitos tempraneros,
que protegidos en el pasillo alambrado y techado del lugar donde
residen, compiten por encestar una pelota; mira el pesado maletín,
piensa en Esteban, su librero, en la cálida Caracas,
tiene su imagen y lo visualiza con un pesado fardo cruzando
la calle para llevar la mercancía que comercia entre
las decenas de clientes que tiene en las redacciones diversos
diarios de la ciudad. De su mente desaparece la figura de Esteban.
Mira a los muchachos, lleva la mano derecha al ámbito
de la boca, hace una especie de bocina y grita:
-¡Please boys... Help me, please.
Y con la poca fuerza que le queda, lanza otro grito al observar
que el juego se detuvo.
Los muchachos se pegan a la alambrada y lo observan con cara
de asombro.
-Hello Boys... Where... is 75th La Salle?
Un robusto negrito con cara de luna llena, de ojos grandes,
que se cubre la cabeza con un pasamontañas rojo con ribetes
amarillo, responde al llamado:
¡Mister... Mister... turn to the right… turn to
the right.
Dobla a la derecha, camina pesadamente un trecho y sus piernas
se niegan a obedecer. Abandona el maletín y arrastra
una pierna, luego la otra. Está atrapado en la nieve,
casi no puede avanzar; mira de nuevo al sitio donde estaban
los muchachos. Solo ve la alambrada, el pasillo esta desierto.
Esta sólo en medio de aquel amplio espacio bordeado por
seis grandes edificios color ocre.
Piensa: “Voy a descansar unos según-dos para recuperar
el aliento”. Falsa ilusión, el letargo lo domina,
pierde el sentido. Sigue en pie. El pasamontañas ahora
se torna blanco calizo y los hombros del abrigo también.
Pasan los minutos. Está inmóvil, con la cabeza
inclinada hacía adelante; aquel cuerpo comienza lentamente
a convertirse en una figura fantasmal. Parece una estatua protegida
por un cubrecama moteado de blanco.
Cierto tiempo después despierta en una sala especial
de un hospital de las in-mediaciones de Ámsterdam Avenue.
Comenzó a indagar como llegó allí. Y fue
así como supo que los efectivos de una unidad de Bomberos
de la Estación Harlem, habían sido notificados
por vecinos del sector. Ellos lo observaron desde los elevados
ventanales, cuando luchaba tratando de abrirse paso en la nieve.
Procedieron a dar el aviso oportuno y se produjo el rescate.
Permaneció durante nueve meses re-cluido en el centro
hospitalario.
Fue sometido a intensas terapias que rehabilitaron sus dormidas
piernas. Pudo andar de nuevo y decidió regresar a su
país.
Un día del mes de julio, entró a las oficinas
donde por muchos años prestó sus servicios profesionales.
Se reunió con sus viejos camaradas de faena y de farras.
Todo fue celebración, noche tras noche se encontraba
con ellos y justificaban cualquier acontecimiento para permanecer
en el bar, hasta que el administrador anunciaba el cierre y
comenzaba a echarlos. Los más íntimos de “El
capitán”, permanecían un corto tiempo más
con las puertas del establecimiento cerradas.
Casi a una hora fija, antes de anunciarse el alba, abandonaban
el lugar. El grito de los primeros pregoneros, desplazándose
como aves nocturnas, voceando a los pocos transeúntes
el titular más importante del montón de periódicos
que cargaban sobre sus cabezas, les anunciaba que era el momento
de tomar la ruta a sus respectivos hogares.
Camilo Rangel, con el diario de su preferencia debajo del brazo,
caminaba con destino a su cuartucho de hotel. El otrora hogar,
se había desintegrado. De nuevo era un hombre solitario.
Los hijos menores continuaban con la que una vez fue su esposa
y el mayor había hecho tienda aparte.
Ese amanecer de un día lunes, caminaba tranquilamente
con destino marcado hacía al Este. De manera repentina
sintió que un escalofrío invadía sus miembros
inferiores.
De nuevo las piernas se negaban a obedecer. Extraño;
era una madrugada cálida de julio que anunciaba un día
muy caliente. No estaba presente la nieve que congeló
sus piernas. Se encontraba en la capital de un país tropical
donde la nieve no es común y, ahora, sus piernas de nuevo
estaban atacada por el mismo mal que una vez lo postró
por nueve meses en una cama de hospital.
Con desmedido esfuerzo se deslizó hasta quedar sentado
en los escalones de entrada al Teatro Nacional. Gotas de sudor
perlaban su frente. El calor era sofocante, pero sentía
un frío profundo. La modorra lo embargaba. Una fría
transpiración envolvía su cuerpo. Sintió
que caía al vacío. Las fuerzas lo abandonaban.
De nuevo quiso dormir para recuperarse. El letargo lo invadió,
el sueño lo venció.
Un nuevo despertar. Abrió los ojos. Miró a su
alrededor. Paredes blancas, cama de metal cromado, una mesa
de noche con diversos utensilios, televisor frente a su cama.
Entra una pequeña mujer trajeada de blanco. Lo saluda
por su nombre, lee la tablilla adherida en la parte inferior
de la cama, le sonríe y se dirige a un pequeño
escritorio cerca de la entrada, abre una gaveta y con sus manos
manipula una pequeña computadora plana, y el mensaje
aparece en la pantalla de cristal líquido:
-El paciente del 72, despertó. Espero instrucciones...
La respuesta es inmediata: “Quédese allí...
Espere”.
Minutos después dos hombres de bata blanca, irrumpen
en la sala y de una manera muy normal, lo saludan por su nombre
con cordialidad.
Uno de ellos, ordena: “Enfermera, retírele el suero
a Camilo, pida para él, una comida suave, acorde con
la dieta que ordené y un jugo de naranja con zanahorias.
La enfermera sale. Los médicos consultan la tablilla”.
-Tenemos que hablar un poco - dice el más joven de los
dos-. Si quiere lo dejamos para más tarde. Descanse un
poco, relájese.
Esa escena ya la ha vivido. En seguida percibió la especialidad
del que le había hablado: psiquiatra. Todo se repite,
pensó, el trato y el idioma son diferentes, demasiada
amabilidad.
Quiere comer lo que le han ofrecido. Quiere estar solo para
hablar consigo mismo.
Un paramédico entra con su comida. Devora un poco, toma
sorbos del jugo. Se siente pesado, quiere dormir. Reaparece
el letargo.
Un nuevo despertar, no sabe del tiempo transcurrido. Esta sólo.
Mira la mesita de noche, y llama su atención una estampita
de José Gregorio Hernández, más allá
otra de San Judas Tadeo, con su barba de media luna y la marcada
calvicie que penetra por sobre las sienes. Sonríe y se
dice, “Aquí estuvo mi tía Sidorina, no termina
de convencerse de mi incredulidad, no soy ateo, eso es difícil
y peligroso. No soy un creyente, eso es más tolerable”.
Siente picazón en el tobillo de la pierna izquierda.
Trata de acercar el talón de la derecha para rascarse
y no siente movimiento alguno. Insiste. Mueve el dedo gordo
del pie derecho y siente que se mueve, pero no puede acercarlo
para rascar su tobillo. Se inclina, levanta la sábana
blanca, retira un almohadón que rellena el espacio y
mira hacía a sus piernas. Por primera vez siente pavor.
Las dos piernas se han escapado. Están sus muslos.
Las rodillas se fueron con sus piernas. En forma impulsiva trata
de oprimir el botón del pequeño aparato que comunica
con la sala de enfermeras. Cree que quiere hablar con el psiquiatra.
Desiste de la idea. Mira fijamente hacía a la parte inferior
de su cuerpo. Se pregunta: ¿Que hicieron con mis pies?
¿Dónde están mis piernas? Se tranquiliza.
Con el control remoto enciende el televisor. Michael Jordán
se eleva por los aires, parece que flota, sus piernas están
en el aire, encesta la pelota y se desliza suavemente por el
piso.
Él se proyecta mentalmente a una cancha de Valencia,
corretea en la pista con la pelota dando rebotes. Se eleva y
encesta. En ese tiempo, nadie hubiera pensado en el nacimiento
de Jordán, estaba escondido en el código genético
de sus futuros padres. Casi medio siglo los separan. El básquet
que él practicaba, se diferenciaba bastante del que practica
hoy el as de los Chicago Bulls.
Vuelve la mirada a la mesita, no puede alcanzar a José
Gregorio, tampoco a San Judas Tadeo. No obstante les habla:
-Llegó el momento de las definiciones. Mi tía
me diría que ustedes no tienen que probarme nada, no
obstante los reto: Devuélvanme mis piernas. Este es el
momento supremo, ustedes son hacedores de milagros. Cumplan
con ese compromiso. No les ofrezco nada porque mi amigo, el
padre Solina Leoni, me dijo una vez que los Santos no cobran
milagros.
Pasan las horas, ve la televisión un poco más,
luego acciona el control remoto y apaga el aparato. Cae nuevamente
en el vacío, los pensamientos que lo acosaban se desvanecen.
Nuevo despertar. Aparta las sabanas, mira hacía a la
parte inferior de su cuerpo. Las piernas están allí.
No le sorprende... ¿Porque no habrían de estar?.
Se pone en pie, abre la bata blanca mientras camina con destino
al armario. Mira sus viejos fluxes, uno gris, otro azul, sigue
uno negro de rayas y un traje blanco nuevo similar a uno que
usaba Miguelito Valdez cuando lanzaba su grito de Babalú...
ayee... y las trompetas dirigidas por Xavier Cugat, estremecían
el ambiente con su eco sonoro.
-Ahora si se volvió loco Vicente Pacillo, quién
le dijo a él que yo me vestiría de blanco hoy.
De todas maneras voy a probármelo. Siento que me queda
bien. Esa corbata de rayas verticales blancas y azules, deben
darle un toque especial al conjunto-. Peina sus cabellos, vuelve
a la cama y se sienta. Debajo están sus viejos zapatos
negros y unos nuevos de color blanco.
-Voy a parecer un cubano de los años treinta; opta por
calzarse y abandona el cuarto.
El marco de la puerta a la cual se dirige, es arqueado. Mientras
camina por un largo pasillo, va pasando marcos arqueados, en
su mente tiene la impresión que los dinteles era cuadrados.
Desde el sitio en que se encuentra ve una hilera de dinteles
arqueados.
Cruza a la derecha y entra en una gran oficina. Ninguna persona
ocupa los escritorios. Esta sólo. Piensa: “es muy
temprano, esta vez me tocó ser el primero. ¿Cómo
podré soportar las bromas de mis compañeros cuando
sepan que un día como hoy fui el primero en llegar?.
Ya es costumbre, siempre soy de los últimos. Cuando me
hago presente, medio personal esta en la calle entregado a la
tarea que le fue asignada en su pauta, o haciendo “ovillos”.
Se acerca a su cubículo. Un montón de papeles,
folletos y libros sobre el escritorio, Un mensaje en gruesos
caracteres dedicado a los encargados de la limpieza: (ESTE DESORDEN,
ESTA ORDENADO, por favor no lo toquen.)
Regresa por donde entró y sigue la ruta del montón
dinteles arqueados. Entra en un hermoso salón bastante
grande. Un mesón de mármol, encima un tablón
de madera de ébano, muy pulimentada. Al llegar cree haber
visto en ese lugar una figura regia de hermosa barba dorada,
Le recuerda al Neptuno de los dibujos animados. También
a Moisés. En los dos extremos un par de personajes. Se
dirige al que está a la derecha:
-Creo, que a usted le conozco, no recuerdo de dónde,
a su compañero creo haberlo visto, pero con menos frecuencia
que ha usted. Fija la vista y pregunta:
-¿Eres Jesús?
El interpelado responde:
-Ese es uno de los distintos nombres que me han dado.
-¿Pero... no eres Dios?
-Dios, está en ti.
-No me pongas en ese compromiso.
-¿Por casualidad, te apellidas Nazaret?
-Pudiera ser. También soy El Galileo.
Sin la menor sorpresa, se coloca frente al interrogado, mira
sus hermosos ojos azules y queda extasiado ante su cabellera
de crespos dorados. En ese momento sabe por qué lo conoce.
Sobre el copete de la cama de su tía Sidorina está
el cuadro. Una vieja litografía italiana. Sigue conversando
y señala.
-Ahora sé quién eres, y quién es tu compañero.
El no debería estar aquí, en este recinto no caben
los suicidas.
-El derecho no se otorga, se gana. Yo me gané el derecho
de estar junto a él. Mi obra, aun inconclusa, hubiera
avanzado menos sin su ayuda. Para él no fue nada cómodo
entregarme, para que yo pudiera cumplir mi misión, la
misma que me fue encomendada para redimir a la humanidad. La
tarea que a él le entregaron fue difícil y dolorosa.
-Esa misión –te repito- no he logrado concluirla.
-Yo llegue a blafesmar, cuando colocado entre dos ladrones;
exclamé al cielo: !Padre... por qué me habeis
abandonado!
-Él, no sólo se arrepintió, sino además,
-prosigue- lanzó las treinta monedas de plata de la recompensa.
Y, en un estado de desesperación incontrolable, buscó
una cuerda. A pesar de lo irreligioso que te crees, sé
que conoces el resto de la historia y por eso me veo precisado
a parar allí.
-Es cierto, Giovanni Papini, me contó mucho del tema,
también Miguel Otero (en La piedra que era Cristo), y
Kotepa escribió un día que si tú no eras
Dios, merecías serlo.
-Sí he leído un poco a Papini, también
a MOS y a Kotepa. A ti te conozco bastante.
La conversación se corta abruptamente, quiere seguir
caminando con sus piernas restauradas. Continúa en el
camino arqueado y se detiene ante una entrada mayor. Es un túnel
iluminado, el destello no le permite ver lo que hay más
allá de esa intensa luz. Le parece hermoso lo poco que
sus ojos miran. La vida también es hermosa. No toma una
decisión
De nuevo el sopor, el sueño. Espera por el próximo
despertar.
Carlos Castillo
20-08-06