SOMBRAS AL AMANECER
Relato de Carlos Castillo del libro “El Cristo de lata”
(a la memoria de Cayetano Ramírez)

A lo largo de una vereda, por la cual se penetra desde la 125th, en el sector del West End, a una gran plaza bordeada de altos edificios en un suburbio de Nueva York, un hombre trata de abrirse paso una terrible mañana de un invierno decembrino. Esta bloqueado por la nieve y arrastra sus piernas con dificultad. La lluvia de copos blancos no cesa y se siente hundido hasta las pantorrillas. Está bien abrigado, un gorro montañés de rayas azules y rojas le cubre hasta la barbilla. Es una de las defensas contra el intenso frío que le cala los huesos. En su mano derecha lleva un pesado maletín repleto de libros y documentos.

A pesar de la ansiedad que le embarga, no puede apartar la mente de recuerdos y antes de lanzar gritos a cuatro jovencitos tempraneros, que protegidos en el pasillo alambrado y techado del lugar donde residen, compiten por encestar una pelota; mira el pesado maletín, piensa en Esteban, su librero, en la cálida Caracas, tiene su imagen y lo visualiza con un pesado fardo cruzando la calle para llevar la mercancía que comercia entre las decenas de clientes que tiene en las redacciones diversos diarios de la ciudad. De su mente desaparece la figura de Esteban. Mira a los muchachos, lleva la mano derecha al ámbito de la boca, hace una especie de bocina y grita:

-¡Please boys... Help me, please.
Y con la poca fuerza que le queda, lanza otro grito al observar que el juego se detuvo.
Los muchachos se pegan a la alambrada y lo observan con cara de asombro.

-Hello Boys... Where... is 75th La Salle?
Un robusto negrito con cara de luna llena, de ojos grandes, que se cubre la cabeza con un pasamontañas rojo con ribetes amarillo, responde al llamado:
¡Mister... Mister... turn to the right… turn to the right.
Dobla a la derecha, camina pesadamente un trecho y sus piernas se niegan a obedecer. Abandona el maletín y arrastra una pierna, luego la otra. Está atrapado en la nieve, casi no puede avanzar; mira de nuevo al sitio donde estaban los muchachos. Solo ve la alambrada, el pasillo esta desierto. Esta sólo en medio de aquel amplio espacio bordeado por seis grandes edificios color ocre.

Piensa: “Voy a descansar unos según-dos para recuperar el aliento”. Falsa ilusión, el letargo lo domina, pierde el sentido. Sigue en pie. El pasamontañas ahora se torna blanco calizo y los hombros del abrigo también. Pasan los minutos. Está inmóvil, con la cabeza inclinada hacía adelante; aquel cuerpo comienza lentamente a convertirse en una figura fantasmal. Parece una estatua protegida por un cubrecama moteado de blanco.

Cierto tiempo después despierta en una sala especial de un hospital de las in-mediaciones de Ámsterdam Avenue.

Comenzó a indagar como llegó allí. Y fue así como supo que los efectivos de una unidad de Bomberos de la Estación Harlem, habían sido notificados por vecinos del sector. Ellos lo observaron desde los elevados ventanales, cuando luchaba tratando de abrirse paso en la nieve. Procedieron a dar el aviso oportuno y se produjo el rescate.

Permaneció durante nueve meses re-cluido en el centro hospitalario.
Fue sometido a intensas terapias que rehabilitaron sus dormidas piernas. Pudo andar de nuevo y decidió regresar a su país.

Un día del mes de julio, entró a las oficinas donde por muchos años prestó sus servicios profesionales. Se reunió con sus viejos camaradas de faena y de farras. Todo fue celebración, noche tras noche se encontraba con ellos y justificaban cualquier acontecimiento para permanecer en el bar, hasta que el administrador anunciaba el cierre y comenzaba a echarlos. Los más íntimos de “El capitán”, permanecían un corto tiempo más con las puertas del establecimiento cerradas.

Casi a una hora fija, antes de anunciarse el alba, abandonaban el lugar. El grito de los primeros pregoneros, desplazándose como aves nocturnas, voceando a los pocos transeúntes el titular más importante del montón de periódicos que cargaban sobre sus cabezas, les anunciaba que era el momento de tomar la ruta a sus respectivos hogares.

Camilo Rangel, con el diario de su preferencia debajo del brazo, caminaba con destino a su cuartucho de hotel. El otrora hogar, se había desintegrado. De nuevo era un hombre solitario. Los hijos menores continuaban con la que una vez fue su esposa y el mayor había hecho tienda aparte.

Ese amanecer de un día lunes, caminaba tranquilamente con destino marcado hacía al Este. De manera repentina sintió que un escalofrío invadía sus miembros inferiores.

De nuevo las piernas se negaban a obedecer. Extraño; era una madrugada cálida de julio que anunciaba un día muy caliente. No estaba presente la nieve que congeló sus piernas. Se encontraba en la capital de un país tropical donde la nieve no es común y, ahora, sus piernas de nuevo estaban atacada por el mismo mal que una vez lo postró por nueve meses en una cama de hospital.

Con desmedido esfuerzo se deslizó hasta quedar sentado en los escalones de entrada al Teatro Nacional. Gotas de sudor perlaban su frente. El calor era sofocante, pero sentía un frío profundo. La modorra lo embargaba. Una fría transpiración envolvía su cuerpo. Sintió que caía al vacío. Las fuerzas lo abandonaban. De nuevo quiso dormir para recuperarse. El letargo lo invadió, el sueño lo venció.

Un nuevo despertar. Abrió los ojos. Miró a su alrededor. Paredes blancas, cama de metal cromado, una mesa de noche con diversos utensilios, televisor frente a su cama. Entra una pequeña mujer trajeada de blanco. Lo saluda por su nombre, lee la tablilla adherida en la parte inferior de la cama, le sonríe y se dirige a un pequeño escritorio cerca de la entrada, abre una gaveta y con sus manos manipula una pequeña computadora plana, y el mensaje aparece en la pantalla de cristal líquido:

-El paciente del 72, despertó. Espero instrucciones...
La respuesta es inmediata: “Quédese allí... Espere”.
Minutos después dos hombres de bata blanca, irrumpen en la sala y de una manera muy normal, lo saludan por su nombre con cordialidad.
Uno de ellos, ordena: “Enfermera, retírele el suero a Camilo, pida para él, una comida suave, acorde con la dieta que ordené y un jugo de naranja con zanahorias. La enfermera sale. Los médicos consultan la tablilla”.

-Tenemos que hablar un poco - dice el más joven de los dos-. Si quiere lo dejamos para más tarde. Descanse un poco, relájese.
Esa escena ya la ha vivido. En seguida percibió la especialidad del que le había hablado: psiquiatra. Todo se repite, pensó, el trato y el idioma son diferentes, demasiada amabilidad.

Quiere comer lo que le han ofrecido. Quiere estar solo para hablar consigo mismo.

Un paramédico entra con su comida. Devora un poco, toma sorbos del jugo. Se siente pesado, quiere dormir. Reaparece el letargo.

Un nuevo despertar, no sabe del tiempo transcurrido. Esta sólo. Mira la mesita de noche, y llama su atención una estampita de José Gregorio Hernández, más allá otra de San Judas Tadeo, con su barba de media luna y la marcada calvicie que penetra por sobre las sienes. Sonríe y se dice, “Aquí estuvo mi tía Sidorina, no termina de convencerse de mi incredulidad, no soy ateo, eso es difícil y peligroso. No soy un creyente, eso es más tolerable”. Siente picazón en el tobillo de la pierna izquierda.

Trata de acercar el talón de la derecha para rascarse y no siente movimiento alguno. Insiste. Mueve el dedo gordo del pie derecho y siente que se mueve, pero no puede acercarlo para rascar su tobillo. Se inclina, levanta la sábana blanca, retira un almohadón que rellena el espacio y mira hacía a sus piernas. Por primera vez siente pavor. Las dos piernas se han escapado. Están sus muslos.

Las rodillas se fueron con sus piernas. En forma impulsiva trata de oprimir el botón del pequeño aparato que comunica con la sala de enfermeras. Cree que quiere hablar con el psiquiatra. Desiste de la idea. Mira fijamente hacía a la parte inferior de su cuerpo. Se pregunta: ¿Que hicieron con mis pies? ¿Dónde están mis piernas? Se tranquiliza. Con el control remoto enciende el televisor. Michael Jordán se eleva por los aires, parece que flota, sus piernas están en el aire, encesta la pelota y se desliza suavemente por el piso.

Él se proyecta mentalmente a una cancha de Valencia, corretea en la pista con la pelota dando rebotes. Se eleva y encesta. En ese tiempo, nadie hubiera pensado en el nacimiento de Jordán, estaba escondido en el código genético de sus futuros padres. Casi medio siglo los separan. El básquet que él practicaba, se diferenciaba bastante del que practica hoy el as de los Chicago Bulls.
Vuelve la mirada a la mesita, no puede alcanzar a José Gregorio, tampoco a San Judas Tadeo. No obstante les habla:

-Llegó el momento de las definiciones. Mi tía me diría que ustedes no tienen que probarme nada, no obstante los reto: Devuélvanme mis piernas. Este es el momento supremo, ustedes son hacedores de milagros. Cumplan con ese compromiso. No les ofrezco nada porque mi amigo, el padre Solina Leoni, me dijo una vez que los Santos no cobran milagros.

Pasan las horas, ve la televisión un poco más, luego acciona el control remoto y apaga el aparato. Cae nuevamente en el vacío, los pensamientos que lo acosaban se desvanecen.
Nuevo despertar. Aparta las sabanas, mira hacía a la parte inferior de su cuerpo. Las piernas están allí. No le sorprende... ¿Porque no habrían de estar?. Se pone en pie, abre la bata blanca mientras camina con destino al armario. Mira sus viejos fluxes, uno gris, otro azul, sigue uno negro de rayas y un traje blanco nuevo similar a uno que usaba Miguelito Valdez cuando lanzaba su grito de Babalú... ayee... y las trompetas dirigidas por Xavier Cugat, estremecían el ambiente con su eco sonoro.

-Ahora si se volvió loco Vicente Pacillo, quién le dijo a él que yo me vestiría de blanco hoy. De todas maneras voy a probármelo. Siento que me queda bien. Esa corbata de rayas verticales blancas y azules, deben darle un toque especial al conjunto-. Peina sus cabellos, vuelve a la cama y se sienta. Debajo están sus viejos zapatos negros y unos nuevos de color blanco.

-Voy a parecer un cubano de los años treinta; opta por calzarse y abandona el cuarto.
El marco de la puerta a la cual se dirige, es arqueado. Mientras camina por un largo pasillo, va pasando marcos arqueados, en su mente tiene la impresión que los dinteles era cuadrados. Desde el sitio en que se encuentra ve una hilera de dinteles arqueados.

Cruza a la derecha y entra en una gran oficina. Ninguna persona ocupa los escritorios. Esta sólo. Piensa: “es muy temprano, esta vez me tocó ser el primero. ¿Cómo podré soportar las bromas de mis compañeros cuando sepan que un día como hoy fui el primero en llegar?. Ya es costumbre, siempre soy de los últimos. Cuando me hago presente, medio personal esta en la calle entregado a la tarea que le fue asignada en su pauta, o haciendo “ovillos”.

Se acerca a su cubículo. Un montón de papeles, folletos y libros sobre el escritorio, Un mensaje en gruesos caracteres dedicado a los encargados de la limpieza: (ESTE DESORDEN, ESTA ORDENADO, por favor no lo toquen.)

Regresa por donde entró y sigue la ruta del montón dinteles arqueados. Entra en un hermoso salón bastante grande. Un mesón de mármol, encima un tablón de madera de ébano, muy pulimentada. Al llegar cree haber visto en ese lugar una figura regia de hermosa barba dorada, Le recuerda al Neptuno de los dibujos animados. También a Moisés. En los dos extremos un par de personajes. Se dirige al que está a la derecha:

-Creo, que a usted le conozco, no recuerdo de dónde, a su compañero creo haberlo visto, pero con menos frecuencia que ha usted. Fija la vista y pregunta:

-¿Eres Jesús?
El interpelado responde:

-Ese es uno de los distintos nombres que me han dado.

-¿Pero... no eres Dios?

-Dios, está en ti.

-No me pongas en ese compromiso.

-¿Por casualidad, te apellidas Nazaret?

-Pudiera ser. También soy El Galileo.

Sin la menor sorpresa, se coloca frente al interrogado, mira sus hermosos ojos azules y queda extasiado ante su cabellera de crespos dorados. En ese momento sabe por qué lo conoce. Sobre el copete de la cama de su tía Sidorina está el cuadro. Una vieja litografía italiana. Sigue conversando y señala.

-Ahora sé quién eres, y quién es tu compañero. El no debería estar aquí, en este recinto no caben los suicidas.

-El derecho no se otorga, se gana. Yo me gané el derecho de estar junto a él. Mi obra, aun inconclusa, hubiera avanzado menos sin su ayuda. Para él no fue nada cómodo entregarme, para que yo pudiera cumplir mi misión, la misma que me fue encomendada para redimir a la humanidad. La tarea que a él le entregaron fue difícil y dolorosa.

-Esa misión –te repito- no he logrado concluirla.

-Yo llegue a blafesmar, cuando colocado entre dos ladrones; exclamé al cielo: !Padre... por qué me habeis abandonado!

-Él, no sólo se arrepintió, sino además, -prosigue- lanzó las treinta monedas de plata de la recompensa. Y, en un estado de desesperación incontrolable, buscó una cuerda. A pesar de lo irreligioso que te crees, sé que conoces el resto de la historia y por eso me veo precisado a parar allí.

-Es cierto, Giovanni Papini, me contó mucho del tema, también Miguel Otero (en La piedra que era Cristo), y Kotepa escribió un día que si tú no eras Dios, merecías serlo.

-Sí he leído un poco a Papini, también a MOS y a Kotepa. A ti te conozco bastante.
La conversación se corta abruptamente, quiere seguir caminando con sus piernas restauradas. Continúa en el camino arqueado y se detiene ante una entrada mayor. Es un túnel iluminado, el destello no le permite ver lo que hay más allá de esa intensa luz. Le parece hermoso lo poco que sus ojos miran. La vida también es hermosa. No toma una decisión
De nuevo el sopor, el sueño. Espera por el próximo despertar.

Carlos Castillo

20-08-06

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