Hace muchos años, el empresario Ivan Lansberg Henríquez publicó en El Nacional un artículo sobre la necesidad de que los grupos humanos, llámese empresas o instituciones, sepan reconocer los cambios y sobre todo advertir a tiempo lo que él denominó su “umbral de fatalidad”. Más de dos décadas después, la lectura de este artículo, asociado a lo que ha sido el trayecto histórico recorrido por Venezuela durante los últimos años, toma un impactante sentido de actualidad. Compruébelo.

LA RANA HERVIDA

“Hay un experimento clásico de fisiología que se llama “el fenómeno de la rana hervida”. Se presenta en tres tiempos.

En un primer acto se echa una rana viva dentro de un tobo de agua fría. La rana, aunque confinada en un espacio limitado, se mueve con comodidad. En un segundo acto se tira la rana en un tobo, pero esta vez en agua hirviendo. La rana percibe la crisis y no le queda más opción sino patalear y brincar violentamente para salvar el pellejo. Muchas ranas logran salta hacia afuera y salvarse, aunque un tanto chamuscada. Otras, menos activas, sucumben en la crisis. Tercer acto: Se tira la rana dentro del tobo de agua fría, pero hay un elemento nuevo: debajo del tobo se coloca una mecha prendida, que va lentamente calentando el agua. Si el aumento de la temperatura es gradual, la rana lo tolera y se va adaptando sin tomar medidas.

Aunque en todo momento tiene la posibilidad de salta hacia afuera, lo aplaza y aplaza hasta que está a tal grado debilitada por su comodidad de adaptación, que ya no le quedan energías y muere hervida. Es lo que ocurre cuando es un sistema, la adaptación, que ya no le que da energía y muerte hervida. Es lo que ocurre cuando en un sistema, la adaptación no va acompañada por una oportuna toma de conciencia que permita detectar a tiempo su umbral de fatalidad. En el caso de la rana, la pregunta es cuánto debería haber sido el cambio en un determinado plazo, para que la criatura se hubiera dado cuenta de lo que ocurría.

Hay en este clásico experimento una importante lección de liderazgo. A través de la historia, los grandes líderes fueron aquellos que supieron “leer” lo que estaba pasando, y a tiempo lograran movilizar a la gente. Bien sabemos lo difícil que es el saber lo que ocurre, más cuando nos encontramos embelesados por el sireneo del poder. Como lo expresara un obispo después de su consagración: “De ahora en adelante estaré privado de dos grandes experiencias: “La de comer un plato y la de escuchar toda la verdad”.

Sin duda una de las grandes paradojas del liderazgo, es poder actuar y, a la vez, tomar la distancia necesaria para darse cuenta de la realidad. Constituye en efecto una de las más importantes disyuntivas que a todo  líder, hoy más que nunca, le toca sortear.

Empresas e instituciones suelen terminar como ranas hervidas si su “umbral fatal” se encuentra más allá de su estado de conciencia. La adaptación, que es por una parte un precepto fundamental de buena gerencia, no termina allí siendo más que una forma sutil y engañosa de resistirse al cambio.

Cualquier semejanza que se detecte entre la rana hervida, y la suerte que estamos corriendo en importantes parcelas del devenir nacional, no es una mera casualidad”.

(27-01-07)


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