Pagados
de sí mismos, con pose de superpatriotas, con un fariseo
discursito que pretende colocarlos por encima del bien y del
mal, los periodistas que simpatizan con el oficialismo ocupan
buena parte de su tiempo repartiendo diplomas de honestidad.
Son los vericuetos del apellido "revolucionario":
el salvoconducto que por estos días todo lo que toca
lo transforma en oro.
Lo importante, entonces no es lo que suceda, sino lo que se
diga sobre lo que suceda. Como un George Soros cualquiera, Guillermo
García Ponce explota a los trabajadores de VEA, les niega
los derechos laborales y sociales que el mismo consagró
como constituyentista en la Carta Magna y despide a los dirigentes
sindicales de su periódico acusándolos de adecos
y espías de la CIA.
Está
facultado para hacerlo: García Ponce maltrata y veja
a sus trabajadores defendiendo la esperanza de los pueblos y
el antiimperialismo.
Venezolana
de Televisión, el canal del estado, no transmite ninguna
información relacionada con el desborde del hampa aunque
en Venezuela estén muriendo asesinadas casi 10 mil personas
al año. Su programación informativa está
destinada a emitir edulcorados documentales especializados en
adular, conducidos por sujetos que lo único que saben
es conversar con ministros para preguntarles sobre el color
del caballo blanco de Bolívar. Es lo correcto: están
haciendo énfasis en las posibilidades creadoras del pueblo,
revelando lo que omite la gran prensa.
Las Verdades
de Miguel, Los Papeles de Mandinga, La Hojilla y otros monumentos
a la vulgaridad, la estupidez, las agallas y la malandrería
narcisista, adjetivan, distorsionan, ofenden, bastardean y editorializan
cualquier noticia.
Tenemos que comprenderlos en su contexto: ellos están
defendiendo la revolución.
Las ejecuciones
extrajudiciales, los abusos policiales de las policías
estadales, los casos de corrupción municipales y nacionales,
los desmanes carcelarios, la ineficiencia y la mediocridad son
convenientemente callados por quienes antes los denunciaban
con indignación y denuedo.
Con algunas
excepciones, -Vanessa Davies, José Roberto Duque, algunas
parcelas de la programación de Radio Nacional, Vladimir
Villegas y ciertas expresiones comunitarias- el periodismo que
se hace desde la trinchera del oficialismo es sencillamente
una vergüenza.
Un
universo donde está prohibido romper filas, en el cual
casi nadie tiene opiniones propias.
Las opiniones
de un periodista chavista hay que irlas a buscar en un Aló
Presidente.
Vista desde
el tamiz gobiernero, ésta es una profesión que
ha obligado a la verdad a tomar partido, que se aproxima a la
información con espíritu de funcionario público
y que hace una abstracción ideologizada de las informaciones.
El maridaje
con el poder les ha costado caro: ya no pueden criticar, están
obligados a defender. Antes hacían Al Margen, La Pava
Macha y el Morrocoy Azul. Ahora se solazan participando en El
Correo del Presidente. Ya no pueden dudar: son creyentes y están
obligados a creer.
Se ha criticado
mucho -a veces con razón- sobre el periodismo que se
hace desde los medios privados e independientes. Se habla muy
poco sobre el periodismo que se hace desde el gobierno.
19-07-06
Fuente:
El Tiempo de Puerto La Cruz