Cumpliendo
una pauta reporteril del diario La Religión, cuando todavía
era “el decano de la prensa nacional”, la periodista
Mireya Urbina andaba buscando el seminario Santa Rosa de Lima,
en la zona de San José. Se le ocurre preguntarle la dirección
al señor apostado en la puerta de una humilde vivienda
y éste se dirige a un joven, aparentemente su hijo, para
que ayude a la fablistana.
--Luisito,
acompaña a la señora….
Luisito,
“tarajayo” de unos 23 años, está evidentemente
“calzado” y el “hierro” se le nota a
leguas porque apenas si le cabe en uno de los bolsillos del
pantalón...
Mireya,
algo nerviosa pero confiada en Dios, que siempre estaba presente
en la redacción, reinicia su camino, acompañada
de su corpulento guía. Se van alejando de la vía
principal. Casitas detartaladas, callejones vacíos, nuestra
heroína siente que va entrando en el reino de la inseguridad.
Le va entrando un escalofrío y, finalmente, tal como
se lo temía, Luisito confiesa sus intenciones y desenfunda
el “hierro”.
--¡Esto
es un atraco, señora, entrégueme todo lo que tenga…!
--Espérate,
espérate, mijo, vamos a hablar…--le dice Mireya,
utilizando sus mejores modales.
--No, no,
señora, no hay nada que hablar, apúrese y déme
todo lo que tenga…
--Ya va,
Luisito, qué te pasa, Luisito, cálmate un poco,
amigo, tú no tienes necesidad de atracarme, te lo juro.
Mira, oye bien, yo te voy a pagar tu servicio, te voy a compensar
tu ayuda tan valiosa con un regalo y así vas a quedar
sin remordimiento de conciencia.
--No, no,
pero ¿qué es eso señora? .¡Esto no
es usual..!
--Bueno,
sí, yo sé que no es usual, mijo, pero es mejor
para ti, Luisito…
--Pero bueno,
señora, ¿qué le pasa a usted? ¡esto
no es usual, no es usual…!-grita Luisito, sumamente molesto.
Mireya aprovecha
el desconcierto del guìa-maleante y avanza en su plan:
--Espérate,
Luisito, que ya voy a encontrar qué darte.
Las manos
temblorosas de Mireya se hunden en su cartera buscando algo
de valor que entregarle al señor Luisito. Pero en el
humilde bolso de la mal pagada reportera el contenido es desolador:
una caja de cigarrillos apachurrada, yesquero desechable con
“un dedo” de bencina, bolígrafo “kilométrico”
de plástico mordisqueado y carcomido por el mucho uso,
una arrugada libreta de anotaciones, sus llaves en un arito
de metal, una cajita de pastillas de menta “tic-tac”
casi vacía… ¡Qué pena con este señor
malandro!. ¿Qué hacer, Dios mio?. De improviso,
se le ilumina la mirada, cuando al fin divisa algo “de
valor”:
--Mira,
Luisito, llévate esta crucecita que está bien
bonita.
-- ¿Qué?
¿De madera y con un guaralito..?. ¡bueno, señora,
usted como que está loca o cree que yo soy gafo...!
Y enseguida,
el requerimiento más temido por la víctima, acompañado
de un zarandeo por un brazo. El tono amenazante indica que al
atracador se le ha agotado la paciencia:
--¡Dame
las “munas”, sin cómicas...!
Las manos
de la periodista hurgan torpemente en el bolsillo trasero del
“blue-jean”, y van saliendo, guilladitos, los billetitos
que Mireya guardaba tan celosamente. Se los da amuñuñadítos,
a ver si el zagaletón se come “la coba”..Mireya
arranca rápido, calle abajo, mientras el tipo desenrolla
billetito por billetito, pacientemente, uno por uno…
--¿Trescientos
bolívares, señora?. ¡Con eso no me como
ni una sopa…!--frase reveladora de que la faena del señor
Luisito tenía como objetivo fundamentalísimo levantar
para la “papa”.
--No, no,
mijo, sí te la comes, yo que te la digo que te la comes,
créeme, tú vas a ver que vas a encontrar quien
te la brinde.
Pero Luisito
no se da por vencido:
--¡Déme
ese reloj, rápido…¡
Mireya para
sus adentros: “Cónfiro, el reloj del chamo. Justo
hoy tenía que agarrarlo prestado”. Resignada, también
lo entrega.
-¿Un
reloj de “miquimaus” y además de plástico?,
noooo, pure, mire, usted se equivocó..!
-Pero, Luisito,
piensa que te lo ganaste-se atreve a susurrar la periodista.
--¡No,
no, no , que te ganaste nada, no me venga con esa…!
--Mira,
mijo, pero por qué no me haces el favor y me sacas de
aquí de esta zona.
--¿Y
todavía pide favores?. Nooo, aquí el que salió
perdiendo soy yo… Mire, señora, le voy a decir
una cosa: usted tiene suerte porque de allá arriba no
iba a bajar viva. Eso lo puede tener por seguro. Pero no me
miró feo, no le di asco y no me trató mal. Váyase
de aquí…
Luisito
se aleja llevando en la mano parte del “botín”,
la cajita de “tic tac” a la que le quedan dos pastillitas.
La maraquea a la altura del oído.
--Dios te
bendiga--le dice Mireya, con una profunda exhalación
de alivio.
A lo lejos
escucha la respuesta que Luisito deja caer con un dejo mezcla
de cansancio, frustración y fastidio:
--¡Amén….!
II
¡MUÉVETE QUE TE QUEMO…!
Misión
reporteril en el oeste de la ciudad para la intrépida
periodista Mireya Urbina. Anda por predios de la avenida Morán
y pronto será de noche. Ni autobusetes ni taxi. Camina
y comienza a cruzar un puente.
De repente
le parece que un sujeto de apariencia sospechosa, y renco para
más señas, la está siguiendo. Ella se cambia
de acera, y el renco se cambia de acera. Ella se vuelve a cambiar
de acera y el renco que la vuelve a imitar.
Mireya hace
de tripas corazón y concluye en que no le queda más
que jugársela. Se arma de valor, enrronquece la voz,
se lleva violentamente la mano al bulto del celular como si
fuera un pistolero del viejo oste que busca su revólver
y le grita con autoridad al renco sospechoso:
--¡Muévete
rápido, muévete porque te quemo…!
El renco
se detiene, vacila desconcertado. ¿Será una mujer
policía?. Pero no tiene cara… más bien parece
una ama de casa. ¿Será de un cuerpo de inteligencia
o será una malandra más malandra que yo?....
De repente
las luces de un auto, Mireya saca la mano angustiosamente. El
taxista se apiada y se detiene. “Sáqueme de aquí,
lo más pronto”, y por segunda vez la intrépida
reportera Mireya Urbina, aquella que ganaba tan poco que no
tenía ni para ser atracada, volvió a derrotar
el hampa caraqueña.
30-07-06