EUCARISTÍA DE LOS 60 AÑOS DEL SNTP
Homilía del P. Jesús María Aguirre (s.j.)

Para todo cristiano la Eucaristía -o Misa como decimos- es un momento de celebración y de acción de gracias comunitario por la fidelidad de Dios en nuestro caminar.

Celebramos, siguiendo la tradición primitiva, las hazañas de la liberación de la esclavitud del pueblo de Israel, que son también una figura precursora de la historia de la salvación de todos los pueblos, que universaliza Jesús.

Expresamos nuestro contento por la conformación de una comunidad nueva, basada en un espíritu de solidaridad y en un modo de proceder cada vez más humano, según la figura ejemplar de Jesús.

Cada vez que celebramos la Eucaristía nos volvemos a reunir con memoria agradecida a los fundadores y a la vez renovamos nuestro compromiso para reiniciar esos gestos en cada nuevo tiempo y para cada nueva generación.

Cierta forma de entender la experiencia religiosa en dos planos separados, lo de arriba y lo de abajo, lo celestre y lo mundano, lo de ahora y lo de más allá, lo sagrado y lo profano, no nos ayuda a comprender que la construcción del reino de Jesús, la dinámica de su amor y justicia permea y atraviesa toda nuestra existencia y que la historia del desarrollo y de los logros del sindicato tiene que ver también con esa dinámica de la historia de salvación y de liberación. Los resultados cosechados por esta institución gremial, que busca la mejor calidad de vida de sus integrantes y el ejercicio digno de la profesión para el bien de la sociedad, son también frutos y signos de salvación.

No queremos decir con eso que las actividades gremiales estén exentas de los egoísmos, errores y fallas, que tienen todas las instituciones humanas, incluida la Iglesia. Pero la trayectoria de quienes luchan por mejorar la vida de los compañeros está ligada a la liberación que instaura y empuja el Espíritu de Jesús.

Hoy es día de acción de gracias, porque un grupo de hombres, animado por el espíritu de solidaridad social, promovió los lazos de quienes trabajan codo a codo en los medios impresos para mejorar las condiciones en el entorno laboral y familiar.

Rememoramos con gratitud cómo, bajo los auspicios de la Asociación Venezolana de Periodistas y en la sede de la Asociación de Linotipistas, se fundó en 1946 el Sindicato; cómo también poco después se firmó el primer contrato con el Heraldo de Caracas.

También revivimos la memoria de los sufrimientos con la pérdida de la democracia sindical en la dictadura y las luchas por recuperarla en la huelga del 3 de diciembre de 1952 y del 21 de enero de 1958.
Como colega de la profesión y sacerdote quisiera también evocar y rendir homenaje en este recinto a tantos luchadores, que, sin ser creyentes o católicos practicantes, han puesto también lo mejor de sí en este historia creativa.

Celebramos, por fin, también en nuestros días que esta historia sindical de 60 años no ha sido simplemente para mantener una burocracia ensimismada, sino sigue siendo hoy una mediación para mejorar el ejercicio profesional, cuidando la dignidad de sus integrantes y las condiciones para un mejor despliegue de la libertad de expresión y de la comunicación pública ciudadana.

Quisiera aludir, hoy, a los retos que nos depara el presente y los riesgos del porvenir. No pretendo decirles lo que deben hacer, sino solamente sugerirles algunas actitudes a través de una anécdota inspiradora y de una parábola, al modo de Jesús, para que el tenga oídos entienda.

Cuentan que la Conferencia que el Maestro iba a pronunciar sobre la Destrucción del País había sido profusamente anunciada, y fue mucha la gente que acudió al Centro de Convenciones para escucharle.

La Conferencia concluyó en menos de un minuto. Todo lo que el Maestro dijo fue:
“Estas cosas son las que acabarán con el país:
- la política sin principios,
- la revolución sin compasión,
- la riqueza sin esfuerzo,
- la mediorrea (o verborrea mediática) sin silencio, ni escucha,
- la religión sin riesgo”.

Es doloroso ver cómo en esta época de polarizaciones, los medios en conflicto tratan de eliminar al contrincante bajo una ráfagas de estereotipos que deshumanizan al adversario hasta convertirlo en enemigo, traidor, monstruo, en blanco de tiro o carne de cañón. Cerramos los ojos para herir sin compasión.
Y, nosotros, las personas cristianas, que nos consideramos poseedoras de la verdad no estamos exentos de convertir nuestros corazones de carne en corazones de piedra, incluso de cegarnos a nombre de la misma religión. La siguiente historia ilustra también nuestro conflicto:

“El comandante en jefe de las fuerzas de ocupación le dijo al alcalde de la aldea: ‘Tenemos la absoluta seguridad de que ocultan ustedes a un traidor en la aldea. De modo que, si no nos lo entregan, vamos a hacerles la vida imposible, a usted y a toda su gente, por todos los medios a nuestro alcance”.

En realidad, la aldea ocultaba a un hombre que parecía ser bueno e inocente y a quien todos querían. Pero ¿qué podía hacer el alcalde, ahora que se veía amenazado el bienestar de toda la aldea? Días enteros de discusiones en el Consejo de la aldea no llevaron a ninguna solución. De modo que, en última instancia, el alcalde planteó el asunto al cura del pueblo. El cura y el alcalde se pasaron toda una noche buscando en las Escrituras y, al fin, apareció la solución. Había un texto en las Escrituras que decía: ‘Es mejor que muera uno solo por el pueblo y no que perezca toda la nación’.

De forma que el alcalde decidió entregar al inocente a las fuerzas de ocupación, si bien antes le pidió que le perdonara. El hombre les dijo que no había nada que perdonar, que él no deseaba poner la aldea en peligro. Fue cruelmente torturado hasta el punto de que sus gritos pudieron ser oídos por todos los habitantes de la aldea. Por fin fue ejecutado.

Veinte años después pasó un profeta por la aldea, fue directamente al alcalde y le dijo: ‘¿Qué hiciste? Aquel hombre estaba destinado por Dios a ser el salvador de este país. Y tú le entregaste para ser torturado y muerto’.
‘¿Y qué podía hacer yo?’, alegó el alcalde. ‘El cura y yo estuvimos mirando las Escrituras y actuamos en consecuencia.’
‘Ése fue vuestro error’, dijo el profeta. Miraron las Escrituras, pero deberían haber mirado a sus ojos’.

Estamos en medio del drama actual de pugna inmisericorde en una encrucijada de civilizaciones a nivel internacional y en el ojo de un ciclón político nacional. Podemos adoptar la postura cínica de Pilato ante Jesús: “¿Qué es la verdad?”, o sus variedades modernas: ¡En política no hay verdad que valga”; “en la guerra la primera víctima es la verdad”; “el adversario es incambiable”; “cerremos los caminos de la comprensión”; “dejémonos de compasión, porque conmoverse es claudicar”, o podemos también, simplemente, mirar a los ojos de quienes tenemos delante para tratar de librarlos de sus temores, liberándonos de nuestros miedos.
Miremos, en fin, a los ojos de Jesús, el torturado más significativo de la historia, y en ellos a los ojos de las víctimas de esta confrontación.

Santa Iglesia Catedral de Caracas, sábado 11 de marzo de 2006


19-03-06

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