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Para
todo cristiano la Eucaristía -o Misa como decimos- es
un momento de celebración y de acción de gracias
comunitario por la fidelidad de Dios en nuestro caminar.
Celebramos, siguiendo la tradición primitiva, las hazañas
de la liberación de la esclavitud del pueblo de Israel,
que son también una figura precursora de la historia
de la salvación de todos los pueblos, que universaliza
Jesús.
Expresamos nuestro contento por la conformación de una
comunidad nueva, basada en un espíritu de solidaridad
y en un modo de proceder cada vez más humano, según
la figura ejemplar de Jesús.
Cada vez que celebramos la Eucaristía nos volvemos a
reunir con memoria agradecida a los fundadores y a la vez renovamos
nuestro compromiso para reiniciar esos gestos en cada nuevo
tiempo y para cada nueva generación.
Cierta forma de entender la experiencia religiosa en dos planos
separados, lo de arriba y lo de abajo, lo celestre y lo mundano,
lo de ahora y lo de más allá, lo sagrado y lo
profano, no nos ayuda a comprender que la construcción
del reino de Jesús, la dinámica de su amor y justicia
permea y atraviesa toda nuestra existencia y que la historia
del desarrollo y de los logros del sindicato tiene que ver también
con esa dinámica de la historia de salvación y
de liberación. Los resultados cosechados por esta institución
gremial, que busca la mejor calidad de vida de sus integrantes
y el ejercicio digno de la profesión para el bien de
la sociedad, son también frutos y signos de salvación.
No queremos decir con eso que las actividades gremiales estén
exentas de los egoísmos, errores y fallas, que tienen
todas las instituciones humanas, incluida la Iglesia. Pero la
trayectoria de quienes luchan por mejorar la vida de los compañeros
está ligada a la liberación que instaura y empuja
el Espíritu de Jesús.
Hoy es día de acción de gracias, porque un grupo
de hombres, animado por el espíritu de solidaridad social,
promovió los lazos de quienes trabajan codo a codo en
los medios impresos para mejorar las condiciones en el entorno
laboral y familiar.
Rememoramos con gratitud cómo, bajo los auspicios de
la Asociación Venezolana de Periodistas y en la sede
de la Asociación de Linotipistas, se fundó en
1946 el Sindicato; cómo también poco después
se firmó el primer contrato con el Heraldo de Caracas.
También revivimos la memoria de los sufrimientos con
la pérdida de la democracia sindical en la dictadura
y las luchas por recuperarla en la huelga del 3 de diciembre
de 1952 y del 21 de enero de 1958.
Como colega de la profesión y sacerdote quisiera también
evocar y rendir homenaje en este recinto a tantos luchadores,
que, sin ser creyentes o católicos practicantes, han
puesto también lo mejor de sí en este historia
creativa.
Celebramos, por fin, también en nuestros días
que esta historia sindical de 60 años no ha sido simplemente
para mantener una burocracia ensimismada, sino sigue siendo
hoy una mediación para mejorar el ejercicio profesional,
cuidando la dignidad de sus integrantes y las condiciones para
un mejor despliegue de la libertad de expresión y de
la comunicación pública ciudadana.
Quisiera aludir, hoy, a los retos que nos depara el presente
y los riesgos del porvenir. No pretendo decirles lo que deben
hacer, sino solamente sugerirles algunas actitudes a través
de una anécdota inspiradora y de una parábola,
al modo de Jesús, para que el tenga oídos entienda.
Cuentan que la Conferencia que el Maestro iba a pronunciar sobre
la Destrucción del País había sido profusamente
anunciada, y fue mucha la gente que acudió al Centro
de Convenciones para escucharle.
La Conferencia concluyó en menos de un minuto. Todo lo
que el Maestro dijo fue:
“Estas cosas son las que acabarán con el país:
- la política sin principios,
- la revolución sin compasión,
- la riqueza sin esfuerzo,
- la mediorrea (o verborrea mediática) sin silencio,
ni escucha,
- la religión sin riesgo”.
Es doloroso ver cómo en esta época de polarizaciones,
los medios en conflicto tratan de eliminar al contrincante bajo
una ráfagas de estereotipos que deshumanizan al adversario
hasta convertirlo en enemigo, traidor, monstruo, en blanco de
tiro o carne de cañón. Cerramos los ojos para
herir sin compasión.
Y, nosotros, las personas cristianas, que nos consideramos poseedoras
de la verdad no estamos exentos de convertir nuestros corazones
de carne en corazones de piedra, incluso de cegarnos a nombre
de la misma religión. La siguiente historia ilustra también
nuestro conflicto:
“El
comandante en jefe de las fuerzas de ocupación le dijo
al alcalde de la aldea: ‘Tenemos la absoluta seguridad
de que ocultan ustedes a un traidor en la aldea. De modo que,
si no nos lo entregan, vamos a hacerles la vida imposible, a
usted y a toda su gente, por todos los medios a nuestro alcance”.
En realidad,
la aldea ocultaba a un hombre que parecía ser bueno e
inocente y a quien todos querían. Pero ¿qué
podía hacer el alcalde, ahora que se veía amenazado
el bienestar de toda la aldea? Días enteros de discusiones
en el Consejo de la aldea no llevaron a ninguna solución.
De modo que, en última instancia, el alcalde planteó
el asunto al cura del pueblo. El cura y el alcalde se pasaron
toda una noche buscando en las Escrituras y, al fin, apareció
la solución. Había un texto en las Escrituras
que decía: ‘Es mejor que muera uno solo por el
pueblo y no que perezca toda la nación’.
De forma
que el alcalde decidió entregar al inocente a las fuerzas
de ocupación, si bien antes le pidió que le perdonara.
El hombre les dijo que no había nada que perdonar, que
él no deseaba poner la aldea en peligro. Fue cruelmente
torturado hasta el punto de que sus gritos pudieron ser oídos
por todos los habitantes de la aldea. Por fin fue ejecutado.
Veinte años después pasó un profeta por
la aldea, fue directamente al alcalde y le dijo: ‘¿Qué
hiciste? Aquel hombre estaba destinado por Dios a ser el salvador
de este país. Y tú le entregaste para ser torturado
y muerto’.
‘¿Y qué podía hacer yo?’, alegó
el alcalde. ‘El cura y yo estuvimos mirando las Escrituras
y actuamos en consecuencia.’
‘Ése fue vuestro error’, dijo el profeta.
Miraron las Escrituras, pero deberían haber mirado a
sus ojos’.
Estamos
en medio del drama actual de pugna inmisericorde en una encrucijada
de civilizaciones a nivel internacional y en el ojo de un ciclón
político nacional. Podemos adoptar la postura cínica
de Pilato ante Jesús: “¿Qué es la
verdad?”, o sus variedades modernas: ¡En política
no hay verdad que valga”; “en la guerra la primera
víctima es la verdad”; “el adversario es
incambiable”; “cerremos los caminos de la comprensión”;
“dejémonos de compasión, porque conmoverse
es claudicar”, o podemos también, simplemente,
mirar a los ojos de quienes tenemos delante para tratar de librarlos
de sus temores, liberándonos de nuestros miedos.
Miremos, en fin, a los ojos de Jesús, el torturado más
significativo de la historia, y en ellos a los ojos de las víctimas
de esta confrontación.
Santa Iglesia
Catedral de Caracas, sábado 11 de marzo de 2006
19-03-06