La
tendencia al ocultamiento de los hechos, a su adulteración,
alteración, deformación o, simplemente, supresión,
como si nunca hubieran ocurrido, constituye una práctica
habitual en casi todos los gobiernos, incluyendo los democráticos.
La obsesión por salvar la responsabilidad histórica,
alargo plazo, o la penal, en un lapso muchísimo más
breve, suele ser la más socorrida causa que mueve a los
poderosos para modificar la realidad.
En algunos
privará más que la segunda, la primera de las
razones, seguros como están de morir en la impunidad,
es decir en el poder. Otros, más prudentes y menos ambiciosos,
procuran dejar todo atado y bien atado para que su crimen, porque
estamos hablando de crímenes, pase inadvertido o se atribuya
a algún inocente convertido en chivo expiatorio.
Siempre
hay unos terceros a quienes no poco les importa el juicio de
la historia y antes que enfrentar la justicia de sus contemporáneos
deciden autosuprimirse sin borrar los rastros porque éstos
son tan colosales que resulta imposible hacerlo, pero sobre
todo porque se sienten orgullosos de sus holocaustos, sus etnocidios,
sus matanzas y sus masacres, y convencidos de su inmenso aporte
a las mejores causa de la humanidad quieren pasar ala historia
entre los gigantes que la movieron a su antojo.
En una última
instancia podemos encontrar unos cuartos que para perpetuarse
en el poder requieren de la sistematización del terror,
de manera que sus crímenes se conviertan no sólo
en una forma de liquidar obstáculos sino de sembrar un
miedo paralizante en la sociedad que la induce a la obediencia,
la resignación y a la entrega incondicional de todos
sus derechos.
En ese tipo
de sociedades totalitarias, la dictadura no es sólo de
un hombre sino de un sistema y allí lo que se pretende
es escribir por completo la historia, tarea relativamente sencilla
porque, con los medios de comunicación totalmente atados
y controlados, la sociedad vive ignorante de lo que ocurre más
allá de su entorno inmediato. Se trata, entonces, de
reelaborar una realidad imaginaria, absolutamente divorciada
de la cotidiana, de la verdadera, con la finalidad de mantener
en la sumisión a los contemporáneos y de construir
para las generaciones futuras un pasado hecho a la medida de
los intereses del sistema.
Sólo
que –bien sea un tirano de la antigüedad, un soberano
del absolutismo o un dictador moderno, bien se trate de Mussolini,
Hitler, Josef Satlin, o de cualquiera de los pequeños
déspotas latinoamericanos del siglo xx, al comienzo o
al final, a veces muy tarde, otras bien temprano- la verdad
siempre ha salido a flote como una constante inevitable. Y aquí
pasamos por alto las verrugas de los gobiernos democráticos
estadounidenses o de nuestra propia región, porque por
su misma condición, es decir, permitir el libre flujo
de la información, la verdad se ha sabido paralelamente
a la ocurrencia de los hechos con las consecuencias que eso
acarrea.
Pues, bien,
dentro de la somera clasificación antes anotada, debemos,
para cumplir el propósito que nos anima, referirnos a
una nueva categoría de régimen, no desconocida
para los latinoamericanos de finales del siglo XX y comienzos
del XXI. Se trata de aquellos que electos democráticamente
poco a poco comienzan a desplegar una estrategia de concentración
progresiva del poder bajo el ropaje institucional y el aparente
respeto de las libertades y el equilibrio de poderes.
Una modalidad
marcada por la insalvable contradicción de albergar,
en un mismo sistema político, dos formas de gobierno
absolutamente incompatibles. Por eso las llamadas dictablandas
llegan a un momento en que desaparecen o se convierten en dictaduras
puras y duras. Lo primero fue lo que ocurrió con Alberto
Fujimori, lo segundo es lo que cada día se siente con
mayor certidumbre puede consolidarse en Venezuela con Hugo Chávez.
Y aquí
entramos en el tema que nos ocupa, Las balas de abril, documento
imprescindible para entender qué pasó el día
en que Venezuela estuvo a punto de recuperar la democracia.
Todo a partir de una premisa básica: un gobernante seudodemocrático
que en un momento dado, con el objeto de sostenerse en el poder,
se ve obligado a utilizar a discreción el poder de fuego
a su alcance, y termina convertido en autor de una masacre,
hará luego todo lo posible por reivindicarse, por recuperar
su aura de legitimidad, por librarse de la culpa y también
del remordimiento, pero no sólo por el juicio de la historia
sino por la supervivencia de su proyecto político a plazo
indefinido.
La opacidad,
las medias verdades, la negación de la realidad probada
y comprobada con evidencias concretas y documentos, el uso masivo,
indiscriminado e inescrupuloso de los medios para convertir
en víctimas a los victimarios, en héroes a los
villanos y en inocentes a los culpables, lograron crear una
matriz de opinión, nacional e internacional de la cual
Hugo Chávez parecía haber salido no sólo
indemne sino convertido en el campeón de la democracia
restituida.
Las balas
de abril viene a poner las cosas en su sitio a través
de un minucioso y paciente trabajo, caracterizado por dos aciertos
que lo convierten en un modelo de periodismo investigativo:
el retrato realista, profundo y a veces conmovedor de las víctimas
y de sus familiares, así como de los pistoleros de Puente
Llaguno, cuyo testimonio pone en evidencia la existencia de
un tipo de revolucionario venezolano, que bien pude ser universal,
para quien la revolución está por encima de todo
y cualquier acción que se emprenda para preservarla no
sólo está justificada sino que se convierte en
un acto de heroísmo. El otro factor es la iluminada reconstrucción
que hace Francisco Olivares de los hechos ocurridos la tarde
del 11 de abril.
Mediante
una labor de preguntar, preguntar y preguntar, de buscar, de
cotejar, comparar, medir, a través de decenas de entrevistas
con los autores, los jefes, los subordinados, los manifestantes,
las víctimas que sobrevivieron y sus familiares, Francisco
logra reconstruir, paso a paso, desde diferentes perspectivas,
distintas visiones y diversos planos, la historia de una masacre,
que es contada como nunca lo había sido hasta ahora.
No se trata, le advertimos de entrad al lector,
de un apasionado panfleto encendido por la justa ira de un opositor
parcializado, sino de un elaborado, sereno y objetivo documento
que viene a rescatar la verdad, quebrar los mitos y establecer
las responsabilidades que le corresponden a cada cual. Está
visto que, pese a la mordaza cada menos sutil que el gobierno
pretende imponer, el coraje y el oficio de periodistas como
Francisco Olivares logran el prodigio de enmendar la plana a
los poderosos y de ponerlos a punto de ser juzgados por la historia,
por sus jueces y por los lectores de este libro.