Las Balas de Abril
Prólogo de Roberto Giusti

La tendencia al ocultamiento de los hechos, a su adulteración, alteración, deformación o, simplemente, supresión, como si nunca hubieran ocurrido, constituye una práctica habitual en casi todos los gobiernos, incluyendo los democráticos. La obsesión por salvar la responsabilidad histórica, alargo plazo, o la penal, en un lapso muchísimo más breve, suele ser la más socorrida causa que mueve a los poderosos para modificar la realidad.

En algunos privará más que la segunda, la primera de las razones, seguros como están de morir en la impunidad, es decir en el poder. Otros, más prudentes y menos ambiciosos, procuran dejar todo atado y bien atado para que su crimen, porque estamos hablando de crímenes, pase inadvertido o se atribuya a algún inocente convertido en chivo expiatorio.

Siempre hay unos terceros a quienes no poco les importa el juicio de la historia y antes que enfrentar la justicia de sus contemporáneos deciden autosuprimirse sin borrar los rastros porque éstos son tan colosales que resulta imposible hacerlo, pero sobre todo porque se sienten orgullosos de sus holocaustos, sus etnocidios, sus matanzas y sus masacres, y convencidos de su inmenso aporte a las mejores causa de la humanidad quieren pasar ala historia entre los gigantes que la movieron a su antojo.

En una última instancia podemos encontrar unos cuartos que para perpetuarse en el poder requieren de la sistematización del terror, de manera que sus crímenes se conviertan no sólo en una forma de liquidar obstáculos sino de sembrar un miedo paralizante en la sociedad que la induce a la obediencia, la resignación y a la entrega incondicional de todos sus derechos.

En ese tipo de sociedades totalitarias, la dictadura no es sólo de un hombre sino de un sistema y allí lo que se pretende es escribir por completo la historia, tarea relativamente sencilla porque, con los medios de comunicación totalmente atados y controlados, la sociedad vive ignorante de lo que ocurre más allá de su entorno inmediato. Se trata, entonces, de reelaborar una realidad imaginaria, absolutamente divorciada de la cotidiana, de la verdadera, con la finalidad de mantener en la sumisión a los contemporáneos y de construir para las generaciones futuras un pasado hecho a la medida de los intereses del sistema.

Sólo que –bien sea un tirano de la antigüedad, un soberano del absolutismo o un dictador moderno, bien se trate de Mussolini, Hitler, Josef Satlin, o de cualquiera de los pequeños déspotas latinoamericanos del siglo xx, al comienzo o al final, a veces muy tarde, otras bien temprano- la verdad siempre ha salido a flote como una constante inevitable. Y aquí pasamos por alto las verrugas de los gobiernos democráticos estadounidenses o de nuestra propia región, porque por su misma condición, es decir, permitir el libre flujo de la información, la verdad se ha sabido paralelamente a la ocurrencia de los hechos con las consecuencias que eso acarrea.

Pues, bien, dentro de la somera clasificación antes anotada, debemos, para cumplir el propósito que nos anima, referirnos a una nueva categoría de régimen, no desconocida para los latinoamericanos de finales del siglo XX y comienzos del XXI. Se trata de aquellos que electos democráticamente poco a poco comienzan a desplegar una estrategia de concentración progresiva del poder bajo el ropaje institucional y el aparente respeto de las libertades y el equilibrio de poderes.

Una modalidad marcada por la insalvable contradicción de albergar, en un mismo sistema político, dos formas de gobierno absolutamente incompatibles. Por eso las llamadas dictablandas llegan a un momento en que desaparecen o se convierten en dictaduras puras y duras. Lo primero fue lo que ocurrió con Alberto Fujimori, lo segundo es lo que cada día se siente con mayor certidumbre puede consolidarse en Venezuela con Hugo Chávez.

Y aquí entramos en el tema que nos ocupa, Las balas de abril, documento imprescindible para entender qué pasó el día en que Venezuela estuvo a punto de recuperar la democracia. Todo a partir de una premisa básica: un gobernante seudodemocrático que en un momento dado, con el objeto de sostenerse en el poder, se ve obligado a utilizar a discreción el poder de fuego a su alcance, y termina convertido en autor de una masacre, hará luego todo lo posible por reivindicarse, por recuperar su aura de legitimidad, por librarse de la culpa y también del remordimiento, pero no sólo por el juicio de la historia sino por la supervivencia de su proyecto político a plazo indefinido.

La opacidad, las medias verdades, la negación de la realidad probada y comprobada con evidencias concretas y documentos, el uso masivo, indiscriminado e inescrupuloso de los medios para convertir en víctimas a los victimarios, en héroes a los villanos y en inocentes a los culpables, lograron crear una matriz de opinión, nacional e internacional de la cual Hugo Chávez parecía haber salido no sólo indemne sino convertido en el campeón de la democracia restituida.

Las balas de abril viene a poner las cosas en su sitio a través de un minucioso y paciente trabajo, caracterizado por dos aciertos que lo convierten en un modelo de periodismo investigativo: el retrato realista, profundo y a veces conmovedor de las víctimas y de sus familiares, así como de los pistoleros de Puente Llaguno, cuyo testimonio pone en evidencia la existencia de un tipo de revolucionario venezolano, que bien pude ser universal, para quien la revolución está por encima de todo y cualquier acción que se emprenda para preservarla no sólo está justificada sino que se convierte en un acto de heroísmo. El otro factor es la iluminada reconstrucción que hace Francisco Olivares de los hechos ocurridos la tarde del 11 de abril.

Mediante una labor de preguntar, preguntar y preguntar, de buscar, de cotejar, comparar, medir, a través de decenas de entrevistas con los autores, los jefes, los subordinados, los manifestantes, las víctimas que sobrevivieron y sus familiares, Francisco logra reconstruir, paso a paso, desde diferentes perspectivas, distintas visiones y diversos planos, la historia de una masacre, que es contada como nunca lo había sido hasta ahora.

No se trata, le advertimos de entrad al lector, de un apasionado panfleto encendido por la justa ira de un opositor parcializado, sino de un elaborado, sereno y objetivo documento que viene a rescatar la verdad, quebrar los mitos y establecer las responsabilidades que le corresponden a cada cual. Está visto que, pese a la mordaza cada menos sutil que el gobierno pretende imponer, el coraje y el oficio de periodistas como Francisco Olivares logran el prodigio de enmendar la plana a los poderosos y de ponerlos a punto de ser juzgados por la historia, por sus jueces y por los lectores de este libro.

 

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