Keyla
Rodríguez, de 27 años de edad, y su madre Ana
Bucobo, de 55 años, vinieron hace unos meses junto con
una cooperativa de discapacitados de su estado para solicitar
una vivienda y una pensión para la señora Bucobo,
que es inválida. Luego de un mes de espera, fueron atendidas
por las autoridades de la oficina de Atención Social,
quienes les solicitaron ciertos requisitos que tenían
que buscar en Zulia. Keyla denuncia que recibieron un pase con
el que los funcionarios les habían garantizado que podría
volver a entrar, pero ayer cuando volvieron les fue negado el
acceso al Palacio Blanco, “a pesar de la palabra del coronel
Noriega”.
Labor Interrumpida
Las implicaciones de esta historia hubiesen
podido conocerse con más detalles si ayer yo no hubiera
sido blanco de un intento de censura por parte de supuestos
funcionarios de seguridad del Palacio Blanco y Casa Militar.
Mientras
recogía el testimonio de las señoras Rodríguez
y Bucobo, dos personas, que se identificaron como encargados
de seguridad, me preguntaron acerca de mi presencia en las adyacencias
del Palacio Blanco y de lo que conversaba y archivaba en mi
grabadora, instrumento de trabajo por excelencia del periodista,
pero que, según ellos, no puedo utilizar en una zona
de seguridad como las áreas circundantes del Palacio
de Miraflores.
Después
de explicarles mi quehacer semanal en el Palacio Blanco, donde
recojo los testimonios de todos aquellos que tienen algo que
solicitar en Atención Social, e incluso la versión
de los propios miembros de dicha oficina, los presuntos funcionarios
me exigieron de forma altisonante que los acompañara
al interior del palacio y les entregara la grabación,
a lo que me negué amparado en el derecho al secreto de
la fuente, establecido en el código de Ética del
periodista Venezolano.
Cuando finalmente
accedí en un intento de solucionar el problema de manera
expedita fui introducido en el cubículo de seguridad
de la oficina de Atención Social, en el que me sometieron
a un interrogatorio exhaustivo con respecto a mi permanencia
en los alrededores de Miraflores, que nuevamente aclaré.
Posteriormente uno de los funcionarios, al parecer un suboficial
de la Fuerza Armada y tercer encargado de seguridad en la oficina,
se dedicó a escuchar el cassettte por ambas caras, en
el que sólo había grabado los 10 minutos de conversación
con las personas antes mencionadas. Humillado e invadido de
indignación, argumenté que no comprendía
por qué una grabación podía atentar contra
la seguridad de la nación, a lo que recibí como
respuesta una sarta de improperios, entre ellos el calificativo
de “escuálido”.
Luego, fui
trasladado a la oficina de Seguridad del Palacio de Miraflores,
donde nuevamente me interrogaron, esta vez de manera más
civilizada y me dijeron que no podía grabar allí,
pues se trata de una zona de seguridad. Nuevamente le repliqué
al funcionario encargado que no comprendía por qué
la grabadora podía ser un instrumento peligroso, alo
que me dio una confusa explicación respecto a la posibilidad
de colocar dispositivos detonantes que pueden ser activados
a distancia. También me explicaron que para poder realizar
mis labores periodísticas –grabador a mano- en
la zona de seguridad de Miraflores, debía solicitar un
permiso de la oficina de Prensa Presidencial que me acreditara
para tal fin. ¿No era suficiente permiso el hecho de
que el propio coronel Ybraim Noriega conozca esta columna, e
incluso la emplee como medio de responder a las acusaciones
que se le hacen?
Finalmente,
me pidieron firmar una constancia de no haber sido víctima
de ningún tipo de agresión “ni física
ni verbal” durante mi permanencia en Miraflores, lo que
hice con reservas, al dejar aclarado que uno de los primeros
funcionarios en interrogante, el aparente oficial, me amenazó
en una ocasión con “sentarme a la fuerza”
si yo me negaba a tomar asiento. Inmediatamente, abandoné
las instalaciones del Palacio de Miraflores, sin haber podido
realizar mi trabajo periodístico recoger los testimonios
de los Venezolanos que allí van por las presiones oficiales.
06-11-05