Buenas
noches. Aún no salgo de mi sorpresa. Mis amigos más
cercanos me lo recomendaban muchas veces: “postúlate
a ese premio” y a otros, pero siempre he sido terca con
la convicción de que los periodistas no trabajamos para
ganar premios, porque el mejor de los reconocimientos los otorga
el lector con su credibilidad, la fuente con su respeto o la
justicia, cuando llega.
Sin embargo, les confieso que aún me
siento felizmente perturbada por este estímulo inesperado
y por ese veredicto que le colocó espléndidos
adjetivos a mi desempeño en un oficio que me apasiona
y que este año me ha regalado sinsabores, pero también
muchas satisfacciones.
Quisiera
agradecer por este gesto al jurado del premio Monseñor
Pellín, especialmente a quien fuera mi profesor en la
escuela de Comunicación Social de la UCV: Marcelino Bisbal.
Agradezco
a quienes están aquí acompañándome,
a mi hija, a mi familia -esa red noble que no me deja caer y
me inyecta ganas-, a mis amigos y a mis compañeros de
equipo en Últimas Noticias, porque sin temor a equivocarse
cada uno sabe que forma parte de mis logros.
Me gustaría
aprovechar esta oportunidad para plantear una inquietud que
sé que es compartida por varios colegas. Se trata del
que se ha convertido en uno de los más grandes obstáculos
para el periodismo de nuestros tiempos en Venezuela: el acceso
a la información de carácter oficial. Me refiero
a la información que está en poder del Estado
y por ende le pertenece a los venezolanos; a esa información
que reposa en los órganos públicos y que permanece
en ocasiones secuestrada por funcionarios en tránsito,
quienes se consideran dueños de ella y que deciden, como
dádiva o castigo, entregarla o no al periodista con discrecionalidad
libertina. Sin detenernos a comentar la práctica de algunos
colegas que una vez dentro de esas instituciones se convierten
en tránsfugas del periodismo y especie de cancerberos
de la información.
En la Convención
Interamericana de Derechos Humanos y en nuestra propia Constitución
Nacional, está plasmado el derecho al libre acceso a
la información oficial, por considerarla garante de transparencia,
como método anticorrupción y vía idónea
para que el ciudadano pueda tomar decisiones responsables dentro
del juego democrático.
Contamos
en Venezuela con una Carta Magna que es amplia en esa materia
y que establece la obligatoriedad de suministrar datos, estadísticas,
informes, cuentas y demás informaciones de interés
colectivo, y que además prohíbe la censura a funcionarios
para dar cuenta de asuntos bajo su cargo. Contamos también
con una ley Anticorrupción que es letra muerta, en cuanto
al derecho de todo ciudadano de exigir rendición de cuentas
a los funcionarios, y contamos con otros reglamentos que así
lo dictan. Pero la violación sistemática de estas
normativas nos llevan a creer que no es casual la tendencia
que hoy marca América latina en materia de aprobación
de leyes y proyectos sobre libre acceso a la información
pública, que son equivalentes a la FOIA estadounidense,
por medio de la cual se han nutrido investigaciones profundas
que comprometen a los gobiernos y que hoy no son posibles de
adelantar en nuestro país, porque seguimos bajo el manto
del secretismo, esa especie de patología endémica
que nos cierra puertas a los periodistas con las máximas
de: “eso no se lo puedo dar”, “eso es directo
con el ministro” o “no estoy autorizado para hablar
de eso”.
Se vuelve
cada vez más pertinente la aprobación de una ley
que contemple sanciones bien específicas para el funcionario
que niegue una información pública; un reglamento
que establezca plazos razonables de espera por esa información,
que agilice los trámites para acceder a ella y sobre
todo que deje muy claro que cualquier ciudadano, periodista
o no, está en el derecho de solicitar información
sin que deba explicar para qué la necesita ni mayores
requisitos para esa petición que su identidad.
Pareciera
perogrullada, pero ocurren situaciones más que incómodas
inverosímiles. Días atrás una colega me
comentaba que en un ministerio clave para la apertura con los
medios le impusieron como condición para acceder a una
entrevista, que enviara su currículo y preguntas por
escrito antes de la tramitación. Sé que a muchos
en esta sala ya ni asombra, pero tiene que dejar de ocurrir.
Al menos no sin consecuencia. Si tuviéramos una ley de
acceso, esa persona pudiera ser sancionada y el director ministerial
de turno presionado para informar sin cortapisas.
Por eso
considero que los gremios periodísticos, libres asociaciones,
profesores, estudiantes, colegas y ciudadanos en general tenemos
un compromiso en esta discusión para garantizar que realmente
se logre el objetivo de la ley y no otro. Como periodistas tenemos
una labor que cumplir, pero los legisladores también
tienen la suya, porque al final, serán el ciudadano común
y la salud de nuestra democracia, los más beneficiados.
No quería dejar pasar esta oportunidad,
esta trinchera circunstancial, para aportar mi granito de arena
y llamar la atención sobre la importancia de una ley
que nos devuelva la información a los ciudadanos, que
luche contra la impunidad y la corrupción y que nos permita
ejercer un periodismo de mayor calidad, profundo, veraz.
Sin embargo,
no pienso que las adversidades y obstáculos que históricamente
se le imponen al periodismo sean excusa para no desarrollarlo,
para no fortalecerlo cada vez desde sus herramientas naturales,
géneros, características y si no que lo cuenten
nuestros colegas colombianos quienes no sucumben ante las serias
amenazas y violencia o los peruanos que se robustecieron justo
en la época oscurantista de la dupla Fujimori - Montesinos,
para inscribir los mejores reportajes investigativos en su historia,
al punto de hacerlos parte de los procesos judiciales por actos
ilícitos que se les siguen a algunos personajes. Con
las distancias que correspondan, ese es nuestro reto...
Por último
quisiera dedicar este distinguido premio Monseñor Pellín
a todas aquellas personas que no puedo nombrar. Ni nombraré
nunca porque así lo pidieron, a esos que se convirtieron
en fuentes indispensables para mis trabajos y que por razones
de seguridad o estabilidad laboral y emocional pidieron el anonimato,
pero aportaron cifras, datos certeros, documentos, orientaciones
y revelaciones de suprema importancia.
Por eso
dedico este premio a cada uno de los reclusos que han hecho
posible descubrir historias de una realidad carcelaria y judicial
que muchos no quieren ver, aun con el temor de ser descubiertos
y perseguidos; a las madres de los ajusticiados en los barrios
de Caracas que me contaron de su dolor, pero con miedo; a quienes
suministraron las pruebas de presuntas irregularidades en la
gestión del alcalde de Caracas, Freddy Bernal; a los
que guiaron la senda del vertiginoso crecimiento económico
del ex viceministro de Finanzas, Jesús Bermúdez.
Dedico este premio a la memoria de un datero colombiano que
perdió la vida al caer de un cuarto piso en la ciudad
de Bogotá, cuatro días después de suministrarme
copias de grabaciones telefónicas de paramilitares, que
se comunicaban desde sus fincas en Venezuela. Y, por supuesto,
a quienes decidieron filtrar los reveladores documentos del
caso del asesinato del fiscal Danilo Anderson. A todos ellos
y tantos otros, porque creyeron que el periodismo era una vía
para solucionar sus problemas y se arriesgaron y confiaron en
un periodista. A esos aliados sin protagonismo, les dedico este
reconocimiento, aunque no los nombre jamás.
Muchas
gracias
Tamoa Calzadilla.
(Lunes 11 de julio 2005)