Jorge
Tortoza, otra bala perdida
Eurídice
Ledezma
Hasta
los trágicos acontecimientos de ese abril tristemente inolvidable,
Jorge Tortoza era poco conocido fuera del cerrado círculo
de los reporteros gráficos, para la mayoría, era apenas
un nombre junto a una fotografía. Caído en el cumplimiento
de su deber hace ya un año, se ha convertido, a un tiempo,
en uno más de los casos que son emblema de la impunidad que
reina en el país y en un símbolo de los riesgos de
la profesión periodística. Su muerte –apenas
una más del saldo de la violencia política- ha quedado
suspendida en la conciencia nacional sin consecuencias judiciales,
mientras los corrillos dan cuenta de toda suerte de conjeturas a
costa de los dolientes, cada vez más lejos de la justicia.
Ya en pie a
las cuatro de la mañana, el café negro recién
colado siempre deja espacio para la conversación íntima,
familiar: “Menos mal que llovió”, comenta Sonia,
“porque si llueve la marcha se disuelve”. El responde:
“Pero esta gente va a llegar a Miraflores y si siguen va a
correr sangre”. Un escalofrío los recorre a ambos.
Horas más tarde, ciertamente, corre sangre, un río
de sangre que desborda tres cuadras del centro de Caracas y amenaza
con ahogar la vida democrática nacional.
Primera parada: el diario 2001. Son las 7 de la mañana del
11 de abril de 2002. Pauta en Yare: la noche anterior las autoridades
locales deciden, muy democráticamente, disolver una protesta
cívica a tiros. Los heridos, teóricamente, están
en el hospital. Llegan allá y ya los han dado de alta. La
guerra ahora es en la Universidad Central de Venezuela: encapuchados
disparan en contra de la gente que va por la autopista. Son las
12 y media. No logran entrar. Tercera parada: guerra en El Silencio:
“Se prendió el peo, nos vamos pa´l Calvario,
le comentará Jenny Oropeza a Jorge Tortoza. Ella se va en
moto y él a pie. Cuando se reencuentran en la Urdaneta y
ven la manifestación en los alrededores del Palacio de Gobierno,
Oropeza se abraza a él entre risas nerviosas. “Me van
a crucificar”, le dice señalando la bandera americana
que adorna sus blue jeans mientras trata de taparla con el bolso.
Tortoza le responde: “¿Qué te pasa, Jenny. ¡Compraste
un cochino!”. La expresión es corriente en el idioma
vernáculo de la fuente de sucesos, y sirve para ayudar al
compañero a recomponerse cuando el miedo intenta ganar terreno.
Después se separaron. Ella hizo el último pase al
circuito AMFM Center antes de la cadena presidencial y corrió
hacia la redacción del periódico, no sin entes encargarle
a Amílcar Chourio, el conductor, que se quedase con el fotógrafo.
Este se estacionó en la esquina de La Bolsa y desde allí
presenció en primera fila la suerte de película de
horror en la que se convertiría la tarde. Fue sólo
por pocos minutos, pues lo llamaron del periódico. De Muñoz
a Pedrera vino la bala calibre 38 “encamisada”. Trayectoria
interorgánica descendente y ángulo de tiro ubican
al victimario, a quien por razones estratégicas la policía
prefiere no identificar públicamente. Tiene un revólver
38, una gorra amarilla y sale en varios videos subiendo hacia Puente
Llaguno mientras
se guarda el arma en el pantalón. Suficiente. Se dice que
la foto la puso en el expediente el mismo comisario Henry Vivas.
Sonia Tortoza, hermana del fotógrafo, duda y pregunta: “¿Pero
esa información es confiable? Y la interrogante cabe. Sin
duda. Se trata del 11 de abril, se trata de Jorge Tortoza.
A veces el pecho se vuelve enorme: el corazón se ha encogido
de tal forma que parece que sólo hubiese aire en la cavidad
toráxica. Y el dolor, la rabia, la desconfianza se salen
por los poros y encienden la mirada. Esos son los ojos de Sonia
Tortoza, a los cuales se asoman la furia y la vulnerabilidad indistintamente
y sin previo aviso. Y el interlocutor desprevenido se encuentra
también sin previo aviso, en una montaña rusa emocional
que tres horas y medio después ha destrozado cualquier posible
pretensión de distanciamiento periodístico. La han
acusado de chavista, la han acusado de intransigente, incluso, se
han burlado de ella… Ahora exige respeto. Y tiene derecho.
No cabe duda.
Hay quien dice que el diputado Juan Barreto aleccionó a Winston
Bravo, el ex fotógrafo de Abril, que dijo tener “evidencias
referenciales” de que los medios necesitaban un muerto y que
Tortoza era el primero en la lista y él el segundo. Hay quien
dice, incluso, que los han utilizado en una campaña de descrédito
contra el Bloque de Armas. Y es que opiniones, hipótesis,
móviles ha habido para todos los gustos, desde la venganza
personal hasta el homicidio premeditado de Nelson e Israel Márquez
con complicidad de Jenny Oropeza, pasando por la hipótesis
nunca desechada de los francotiradores –en versión
de tiradores con la alevosa ventaja de un puente- y la que pareciera
tener más peso en la actualidad: la del asesino con 38 milímetros
y gorra amarilla cuya fotografía colocó en el expediente
que lleva el inspector Domingo Chávez el propio comisario
Henry Vivas.
La utilización del caso como bandera política no es
cosa nueva. El propio Círculo de Reporteros Gráficos
publicó hace unos meses un comunicado en el cual rechazaba
esa tendencia. Más aún, la pobreza de resultados en
la investigación hace validar cualquier teoría de
la conspiración, incluida aquella que advierte de un pacto,
no ya de caballeros sino de malandros, entre los dos principales
sectores del espectro político nacional. Baste decir, por
ejemplo, que algunos miembros de la Comisión Política
que investigó los hechos acontecidos en abril 2002 aún
retienen información valiosa con el objetivo de no perjudicar
a funcionarios que participaron inicialmente en la investigación.
Además, por supuesto de la conveniente rotación de
agentes policiales para ser sustituidos por uniformados del interior
de la República que, recién llegados a la ciudad,
no sabían demasiado bien la distancia entre Puente Llaguno
y la esquina de Pedrera.
Aquella mañana él amaneció de bala y ni siquiera
se dio cuenta. La vida se volvió canalla ya en la tarde,
y definitivamente villana mal nacida cuando Tortoza se cruzó
con aquella gorra amarilla que le disparó en el rostro. Y
de repente el cielo se volvió tan azul como una herida de
bala. Demasiado azul. Tanto que quizás creyó ver a
Dios parado enfrente. Se acaba la guerra. Ya no hay más gas,
no más sangre, el cuerpo se vuelve intangible, innecesario
y se despega suavemente hacia arriba sin poder calmar el llanto
de los que quiere, pero en paz…
Aquel hombre, aún no sabe –un año después
y no se sabe-, tenía licencia para matar, se sentía
poderoso; confundido en el medio de aquel caos descargó su
arma sin mediar palabra, sin explicar aquella guerra y Tortoza se
desplomó. Sangre, confusión, “una ambulancia,
busquen una ambulancia”; sospechar que ya está muerto.
“Es periodista”. “¡Es Tortoza!”. Correr,
buscar aire, ver a la gente caer como muñecos sin vida, sin
valor. Cabe aún la pregunta aterrorizada ante lo que se desconoce:
“¿Qué es esto?”. Un año después
y todavía no se sabe.
Su hermana intenta armar el rompecabezas una y otra vez: “Llegué
al hospital como a las 7 y ya lo habían operado. Lo tenían
en terapia intensiva. Primero sale un doctor y me dice que había
que trasladarlo porque estaba muy mal. Luego sale otro y
me dice: ´Señora, no lo saque, no se lo lleve, él
no va a aguantar un traslado`. Y yo pensaba en la situación
en las calles, en las tanquetas, en la distancia…”.
Mientras tanto, Lenny, casi hija, contestaba el celular de Jorge
e informaba a Jenny Oropeza de la situación. La reportera
lograría que el primer comandante de los Bomberos Metropolitanos,
Rodolfo Briceño, enviase una ambulancia y la enviase tres
veces. Fue inútil, pese al convencimiento de Lenny de que
en la Clínica Vista Alegre podrían salvarlo, la familia
optó por no correr el riesgo. Jorge moría poco después
de las 9:30 de la noche.
Sonia Tortoza repite sus pasos: “Ese día que ocurre
la desgracia mi mamá no estaba viendo la televisión.
Nos enteramos por la radio. Mi hermano lo oyó en un taxi.
Mi comadre lo vio por cable y llamó a mi hija. Yo estaba
en la escuela, eran como las 6 de la tarde. Suena el celular de
una compañera. Yo había oído el comentario,
`parece que mataron a un periodista`. Ella me dice: `Sonia, es Arturo,
que parece que a Jorge le dieron`. En ese momento dije: `Mataron
a mi hermano`”. Sin embargo la esperanza llenaría su
corazón y mientras se acercaba en el carro esquivando tanquetas
hacia el Hospital Vargas, pensaba: “Seguro que Jorge lo que
tiene es un rasguño en un brazo o en una pierna y está
muy tranquilo allá”. Mientras tanto, Simón Clemente,
César Muro y Ricardo Matheus, compañeros de guerras
callejeras, buscaban entre cada herido de Lídice, del Pérez
Carreño… En el Vargas les habían dicho que no
estaba. Además, eran once los fotógrafos heridos de
aquella tarde. ¿Blancos por pura casualidad? Difícil
creerlo.
De acuerdo a las cuentas de Oropeza, Tortoza entró al Vargas
a las 2:35 de la tarde, y ellos lo encontraron a las 6 y 35. Esa
no es la impresión que tiene Sonia Tortoza: “Yo lo
que siento, lo que más me duele, es que a esa gente no le
haya importado la vida de mi hermano”. Oropeza, luego de siete
años de trabajo con el fotógrafo, asegura que le hubiera
gustado estar más cerca de la familia Tortoza, compartir
más con ellos. Pero esto no ha sido posible, han sido demasiados
impasses, como el que ocurrió con la funeraria. El periódico
había ofrecido correr con los gastos del entierro y contrató
los servicios de la Funeraria San Martín. Era cómodo,
todos los colegas del 2001 podrían asistir. Incluso el embajador
de Estados Unidos podría rendirle honores al caído
y el comando de la Policía Metropolitana también.
La familia, sin embargo, tenía otra idea. Querían
velarlo en Catia. Se llevaron el cuerpo. La visita diplomática
quedó suspendida por saqueos. Sólo llegó un
representante del gremio y, a modo de despedida, colocó un
rollo y una lente dentro del ataúd. Ese sería apenas
el comienzo de una serie de desavenencias y acusaciones entre ambas
partes.
Israel Márquez, director de 2001, no es, ciertamente, una
persona cálida. Pareciera, de hecho, disfrutar en exceso
de su rol y jerarquía. Fue reportero policial y jefe de Relaciones
Públicas de la Policía Metropolitana cuando esta se
encontraba en la esquina de Monjas. Márquez relata lacónicamente
y no sin cierta incomodidad los incidentes relacionados con aquella
tarde: “Mis hijos me llamaron y me dijeron que a Tortoza le
habían pegado una pedrada en la cabeza, que estaba en el
suelo y que le querían quitar la cámara. Yo les dije
que se trajeran la cámara”. Así de sencillo:
rescatar la cámara. El lo explica: “Cuando hay un evento
de esos no puedes levantar a la persona. Pero, realmente fue cuestión
de minutos, después de levantar la cámara llegaron
los paramédicos”. Imposible no preguntarse qué
habrá sentido Tortoza. ¿Se habrá dado cuenta
de tanto pragmatismo?
Por supuesto que tener claras las prioridades, aunque los valores
sean discutibles, no significa que la versión –aparentemente
empujada por el oficialismo- de que el Bloque de Armas asesinó
a Tortoza tenga asidero en la realidad. Márquez repite como
quien ha debido usar el mismo argumento muchas veces: “Si
tú vas a mandar a matar a alguien, ¿vas a mandar a
tus propios hijos?”. Y continúa: “La familia
siempre estuvo apoyada, empujada y dirigida por el partido de gobierno”.
Márquez es muy puntual y asegura que el caso en contra de
sus hijos está cerrado, puesto que se hicieron las pruebas
pertinentes y se concluyó que “no hay restos de pólvora
ni en las manos
ni en la ropa: el arma no fue percutada. Igualmente sus cargadores
no tenían rastros de pólvora”. A ambos pilotos
se les dio libertad y les fueron devueltas sus armas, con lo cual
deberían quedar perfectamente limpios sus nombres.
La liquidación e indemnización de la familia, por
supuesto, también dio lugar a conflictos. Argumentando que
“los hermanos” del fotógrafo querían apropiarse
del dinero, pasaron el caso a un tribunal para que fuese éste
el que determinase quién debía recibir qué.
Aproximadamente 19 millones fueron repartidos entre su madre y su
hija Andreína de cuatro años, única descendiente
legal del reportero gráfico.
Oropeza cuenta: “El no era sólo fotógrafo, era
como mi aliado en la búsqueda de información”.
Una sonrisa amarga se dibuja en su rostro cuando recuerda la llamada
de Gustavo Rodríguez de El Universal para avisarle que su
compañero inseparable había muerto. Pero lo más
amargo para ella, además de la pérdida, ha sido verse
involucrada en un expediente de homicidio: “Según ellos,
en el Bloque de Armas matamos a Tortoza”. Enciende un cigarrillo
para continuar: “Creo que he sobrepasado el dolor con rabia,
con impotencia porque tratan de inmiscuirme. Cuando leí el
expediente me di cuenta de que la PTJ revisó mis cuentas
bancarias, mis llamadas telefónicas. Pensaban que me habían
depositado algo por cómplice. Incluso una cuñada de
él llegó a asegurar que yo, Jenny Oropeza, había
llamado al agente que tenía el revólver de Tortoza
para que me lo entregara. No es cierto. Yo a quien si llamé
fue a mi comisario Avendaño para verificar si había
sido Tortoza el fallecido”.
Con respecto al arma Sonia Tortoza comenta: “El se compró
ese revólver a raíz de que le dieron esa cámara.
Pusimos la denuncia y a los días nos llamó el agente
del Grupo Fénix, los de marrón, que lo tenía.
Yo le dije: `Pero es que nosotros no te vimos ayudando a Jorge en
el video`”. Todo lo que ella y su familia tienen son conjeturas,
intuiciones, sospechas, referencias de terceros, incluso algo de
leyenda urbana: “Dicen que él le entregó un
diskette a un policía y se ve en un video que su mano se
desliza sobre la de otra persona. Dicen que incluso el policía
le dio el diskette a Miguel Angel Rodríguez de RCTV, ¿sabes?
El de lentes. Y sigue: Yo tenía rabia pero no tenía
fuerza para discutir. Tenía tanta rabia que lloraba. Pienso
que allí hubo un complot. Nunca había escuchado que
a la gente le exoneraban el pago de funeraria. Nunca: ni el 27 de
febrero ni el 4 de febrero… Eso me hizo pensar”. Por
eso decidió que la placa que le entregó Fedecámaras
a su hermano no va a ser colocada en la pared en la que colocaba
todos sus diplomas y reconocimientos, no: “Ellos también
son responsables por esto”.
Dentro de esa línea de pensamiento, del complot y la conspiración
se ubica Eliécer Otayza, ex director de la DISIP, quien insiste:
“Tortoza fue un blanco escogido, se pagó a una persona
que estaba armada debajo de Puente Llaguno. Creo que hay civiles
que fueron traídos especialmente para esa acción”.
Interesante, por cierto, es la descarnada visión que tiene
Otayza de las responsabilidades concernientes a los eventos del
11 de abril: “Ten la seguridad de que aquí va a haber
un juicio sobre el 11 de abril y en ese momento va a haber muchos
enjuiciados de este lado por omisión: tú no cumpliste
tus funciones y por no cumplir tus funciones yo salí dañado”.
Entiéndase entonces que el director de la DISIP y el de la
DIM tendrían responsabilidades específicas.
Impasses hubo también con Liliana Ortega, directora de COFAVIC
y con el fiscal Héctor Villalobos, quien preguntó
a Sonia Tortoza si era chapista. La familia se acercó a PROVEA
solicitando asesoría. Marino Alvarado, director jurídico
de la ONG, asegura haber revisado el expediente durante más
de seis horas con los familiares. Asegura que hay más de
150 fotografías que incriminan a policías, civiles
y militares que, hasta octubre, “se veía que la CICPC
estaba trabajando con un alto nivel de seriedad”.Coincide
con este punto de vista una fuente parlamentaria que, sin embargo,
subraya: “Creo que hay voluntad de investigar pero ni la PTJ
cuenta con los recursos financieros ni la comisión es lo
suficientemente grande. Eso no promete resultados en el corto plazo”.
Por cierto, también el asunto del abogado defensor ha dado
espacio
para la especulación. Sonia Tortoza asegura: “No tenemos.
A veces nosotros mismos somos nuestros abogados”. Márquez
explica: “No lo crea”. Y Alvarado apunta: “Creo
que el abogado de la causa es Fabián Chacón”.Jurista
cercano, pero muy cercano, a Miraflores, hay que subrayar.
Nauseabundo.
Entrar a ese lugar es comprender el significado exacto de esa palabra.
Descender aquellas escaleras obliga a la alegoría de quien
transita hacia el infierno y respira pesadamente el olor de la muerte
cuando se ha enseñoreado ya en aquellos pobres cuerpos que
días, semanas e incluso meses antes tuvieron alma y pensamiento
propio. Hoy abandona la helada posada el inquilino más abandonado.
Ese al que nadie reclamó, que nadie lloró. Nueve meses
y 18 días después sale de la Medicatura Forense de
Bello Monte la última víctima del 11 de abril.
En franco contraste con el ambiente, un pequeño árbol
de Navidad artificial con adornos rojos y dorados se empeña
en brillar intermitentemente frente al estante de metal y cristal
donde se hallan dispuestos los cráneos para estudios criminológicos.
El pequeño ángel que lo corona parece ajeno por completo
a tanta muerte. A la derecha,y al fondo sentados alrededor de una
mesa se encuentran el médico forense y el fiscal cuarto mayor
de Ambiente, Danilo Anderson, con su asistente Oliver Najera. Anderson,
de bigotillo semipoblado y mirada esquiva, escudriña con
disgusto y desconfianza al visitante. Breves presentaciones y el
acuerdo de esperar arriba mientras tiene lugar el último
reconocimiento. Afuera el cielo es azul, sorprendentemente azul.
Ya en el Cementerio General del Sur, Anderson realiza una magnífica
perfomance delante de las cámaras. Telegénico, como
quien nació para ello responde: “La víctima
no tiene registros dentales, la nacrodactilia tampoco arrojó
datos. La Interpol ayudó pero lo cierto es que jurídicamente
no existe y en Venezuela no existe. ¿La herida? En la mandíbula
con arma de fuego. Blanco de 56 años, aproximadamente. Cayó
en la esquina de Bolero. Se pensó que era colombiano, pero
tampoco, aunque allá tiene un amplio prontuario. No podíamos
esperar más. De todas formas vamos a tratar de dejar muy
bien identificado todo por si alguien lo reclama más tarde”.
Por lo pronto, la Capilla María de San José, pequeñísima
y muy sencilla, luce vacía. Cinco representantes del Ministerio
Público, el cuerpo y el sacerdote intentan respirar y rezar
sin asfixiarse. Como si fuese una escolta armada hasta los dientes,
aquel intenso olor ha empujado a camarógrafos y reporteros
de televisión fuera del recinto. De hecho, no llegaron a
entrar. El sacerdote, menudo, casi dulce, regaña a los fiscales:
“¿Ustedes son los encargados de investigar los casos
del 11 de abril? Pues que Dios los acompañe y los proteja
y que la inteligencia del todopoderoso los ilumine, porque ustedes
tienen una responsabilidad enorme y no sólo ante la justicia
del hombre”. Bendice al que parte y se marcha.
Reporteros, camarógrafos, fotógrafos, fiscales y enterradores
conforman una muy poco cálida comitiva de despedida. Nadie
llora. Nadie reza. El camioncito de la morgue que conduce Ruperto
casi no logra salvar la pendiente, las moscas bailan cerca del retrovisor
y el olor es insoportable. Sorprendente que este hombre tenga la
fantástica presencia de ánimo como para decir: “Hay
que vivir”. Con alivio descender del camioncito y llegar hasta
el nicho. Los entierran en Tacoa II, uno de los rincones más
olvidados del cementerio. Pero antes, para sorpresa y repulsión
de todos, abren el ataúd. Instintivamente, todos retroceden.
La imagen es terrible. El muerto del nicho 688-03 abandona el mundo
de los vivos tal como llegó a él: sólo y desnudo.
Menos preciso
con respecto a Tortoza, Anderson, fiscal a quien muchos consideran
“de confianza” de Isaías Rodríguez –recuérdese
que le fueron ampliadas sus
competencias, sin solicitarla, después de la retoma del canal
del Estado en abril- y que lleva casos tan emblemáticos y
controversiales como el de los pronunciamientos militares en Plaza
Altamira, considera: “Ese caso ha tenido muchas complicaciones
por las cosas que rodearon su muerte. Al principio se dijo que era
una 9 milímetros. Cuando sale la experticia se demuestra
que era un 38”. Curioso, porque Miguel Dao, quien era la cabeza
de la del CICPC el 11 de abril y que se abocó a la resolución
de los homicidios cometidos en aquella emboscada durante 30 horas
continuas de trabajo –antes de que lo suspendiesen el día
15 de abril-, afirma: “Me parece extraño, porque el
comentario de que era una 9 milímetros era de expertos”.
Prudentemente, agrega: “Nos es que quiera negar el valor de
las experticias que se hicieron después, pero es extraño”.
Anderson se queja: “Los medios han obstaculizado la investigación
creando matrices de opinión pública muy negativas”.
Habrá que revisar a Habermas, a Berlo. Argumentos que en
el caso de Jorge Farnud acusó pudiendo tomar decisiones jurídicas
mucho mas favorables al oficialismo remata defensivamente: “Yo
no estoy aquí para complacer a nadie, a ningún sector.
Estoy aquí para aplicar el derecho”. Claro, ya casi
resulta un lugar común preguntarse que tan aplicable es el
derecho en una República donde los poderes públicos
distan bastante de ser autónomos de la ominipresente figura
y poderío presidencial.
Los casos del 11 de abril están enmarcados jurídicamente
dentro del concepto de “complicidad correspectiva” del
Artículo 426 del Código Orgánico Procesal Penal,
lo cual, en términos del ciudadano de a pie, significa: “No
se quién fue pero todos van presos”. Un año
después, el balance es aproximadamente como sigue: 8 policías
metropolitanos imputados por la muerte de dos personas, tres homicidios
casi resueltos y la imputación del delito de lesiones a 31
personas. Hay, por cierto, 16 prófugos de la justicia y la
sospecha de que por lo menos otro más salió del país.
Eso sí, hay un problema: los cargos contra los victimarios
son homicidios calificados en grado de frustración, uso indebido
de armas de fuego, resistencia a la autoridad e intimidación
pública, pero no existe la imputación de víctimas
específicas a cada presunto homicida. Ello, obviamente, debilita
el caso, porque para que haya un victimario se necesita una víctima.
Para el diputado Alfonso Marquina, quien formó parte de la
Comisión Política de la Asamblea Nacional que investigó
los hechos, el asunto es sencillo: “No hay voluntad política
y por eso es que estamos en los niveles de impunidad que estamos”.
Miguel Ibarreto, ex jefe de la división nacional de homicidios
fue, por ejemplo, separado de su cargo y enviado a Carúpano.
Cuando alguien trata de buscarlo la respuesta es inapelable: “Está
de vacaciones”.
El ex comisario Dao, cuando se le inquiere acerca del valor de los
interrogantes que hiciesen cuando “todos los directores de
cuerpos policiales estaban en estampida”, puntualiza que aquellos
primeros indiciados “son los únicos presos, son los
únicos detenidos. De no haberse hecho esos presos, de no
haber sido aprendidos de manera flagrante como se detuvieron –porque
los fiscales manejaron la flagrancia- y mi presencia en todos aquellos
procedimientos fue tratando de mantener el equilibrio y el correcto
procedimiento policial”. Son los presos de Puente Llaguno,
cuyo caso se radicó en Maracay bajo el argumento de que “ya
los medios los habían sentenciado”.
Para Anderson la tesis de los francotiradores es muy floja, puesto
que se comprobó que “casi todas las personas murieron
con 9 milímetros, una con 38 –Tortoza-, otra con Fal,
7.62 y dos más con calibre 5.56. Para que se tratase de francotiradores
tendríamos que estar hablando de calibre 3.08 Winchester
o 2.23 Remington. Además, la trayectoria interorgánica
tendrían que ser más descendente”.
En el departamento de fotografía del 2001 es casi como si
Tortoza no se hubiera ido. César Muro, abre su locker y se
enternece al ver el 3 en 1: “Jorge todo lo resolvía
con el 3 en 1”. Y es que su locker todavía tiene su
nombre en blanco y negro. Todavía
esta allí, por ejemplo, una foto de doña Rosa y la
familia, también en blanco y negro, una nota vieja que dice:
“Jorge Tortoza: llamar a la mocosa urgente”. Vale la
pregunta indiscreta, desde luego: “¿Quién sería
la mocosa?”. Muro se sorprende cuando entre el Atroveran y
los mensajes viejos se encuentra un calendario del juego de beisbol
de la temporada 85-86. Ahí salta Clemente: “Es que
ese era fanático. Siempre se venía conmigo a los juegos:
yo tomaba las fotos y él los veía”. Simón
Clemente, el veterano, cuando casi con susto, casi en secreto: “Ese
día le dije que yo iba para allá. El me dijo: `Quédate
que tú estas muy viejo`. Y yo le dije: `Bueno, entonces déjame
hacerte una foto en vida`. Y después que lo dije me asuste:
`No, no me hagas caso, vete tranquilo`”. Muro se ha quedado
pensativo. De repente dice con nostalgia: “¡El gallo,
vale!”. Cuenta que siempre iban los tres al restaurancito
de Manolo. Que ni siquiera tenían que ordenar: Les servían.
“Imagínate que nos metíamos en la cocina. Nos
estaban enseñando a hacer tortilla española. Ya casi
no vamos para allá”. Tras los cristales la mirada se
nubla, pero no hay demasiado tiempo para eso: debe subir a recursos
humanos.
Clemente saca un montón de foto de condecoraciones. “¿De
acción? No, la verdad es que no tenemos ¿Sabes? Después
que Jorge se murió comencé a tomarles fotos a todos
mientras trabajaban”. Emotivo, sensible, Clemente recuerda
que incorporó a Jorge en el Bloque de Armas en unas vacaciones.
Pasaron 12 años. Puntual, serio, trabajador, se ganó
el respeto de los colegas. “Era increíble, imagínate
que todos podíamos estar sucios, en medio de un barrial,
y Jorge no. El sacaba un trapito y se limpiaba los zapatos y quedaba
impecable. Siempre andaba en paltó, elegante”.
Todos han tenido experiencias muy fuertes en los últimos
tiempos: A Fernando Malavé, quien entrara por Tortoza, le
disparo un guardia nacional en PDVSA-Chuao, porque quiso tomarle
una foto. “El me dijo: `Vete de aquí que te voy a matar`.
Volvió a cargar y yo pensé: `Si suelto el flash me
da el segundo disparo`”. Susto mayor fueron los 12 o 15 minutos
de: “¡Un herido! Quítate que yo soy médico.
¡Yo soy ingeniero! ¡Mantenlo aquí! ¡No,
móntenlo allá!”. La llegada de la ambulancia
de Salud Chacao fue una bendición, hasta que a una de las
paramédicos se le ocurrió comentarle al chofer: “¡Dale
rápido que esto es una emergencia! “. Malavé
pensó que le habían sacado los pulmones, que se estaba
muriendo. Pensó en sus tres hijos, en su mamá, en
su mujer que da clases y que casi nunca ve la televisión.
Claro que la experiencia de Tortoza enseñó muchas
cosas, y cuando Malavé llegó al hospital de El Llanito
ya lo estaba esperando el jefe de seguridad con carta aval y montón
de colegas de diversos medios.
Tras mes y algo de reposo arriesgarse a tomar una buena foto en
la avenida México luego del estallido de una granada fragmentaria
y en medio de una enorme manifestación oficialista es como
para pensarlo. Y lo pensó. Pero no sólo él
lo piensa, todos los demás también: “Estamos
chorreados”. Malavé puntualiza: “Esa gente como
que quisiera borrar evidencias y las evidencias quien las lleva
es uno”. Seguramente Tortoza asentiría.
A César Muro y Ricardo Matheus los asaltaron en los Vales
del Tuy y les robaron cámaras, celulares y dinero. A César
Fuentes lo quemó la onda expansiva de un Bin Laden y a Simón
Clemente le tocó enfrentar a la oposición talibana
en los alrededores de PDVSA y recibir un cacerolazo en Los Samanes
durante un allanamiento. Fuentes comenta: “No es como antes,
que uno sabía que se mataban entre ellos. Ahora nosotros
somos el blanco”. Oficio peligroso, por estos días:
Mucho chaleco antibalas, muchas máscaras antigases, muchos
cacos de acero, pero a la hora de los tiros ni siquiera cuentan
con un HCM. Oficio ingrato: Muro regresa indignado, dolido, le están
ofreciendo un acuerdo para que salga del Bloque de Armas por reducción
de personal. ¿Inamovilidad? ¿Quién dijo? ¿Acaso
el robo de la cámara detonó la situación? Y
es que las cámaras son importantes. Valoradas en 11 mil dólares,
son un bien muy preciado, no les pertenecen, son de la empresa.
Quizás ellos expliquen por qué tanta diligencia para
recogerla cuando cayó Tortoza:El cuerpo no se podía
mover pero la cámara, definitivamente, sí. Nelson
e Israel Márquez, hijos de Israel Márquez, director
del 2001 actuaron rápido, pero también lo hizo la
Policía Metropolitana, que los arrestó cuando descubrió
que habían tomado el bolso del reportero gráfico.
La juez 24 y la fiscal 54 harían el ATD (Análisis
de Trazas de Disparos), y el CICPC (antes PTJ) haría la prueba
de balística: Los 9 milímetros que portaban ambos
pilotos no habían sido disparados, tampoco el revólver
de Tortoza había sido accionado.
Malavé pregunta un tanto decepcionado: “Hoy en día
¿quién es Tortoza? Un tipo que murió. ¿Quién
lo recuerda? Su mamá. Pienso que no ha valido la pena el
esfuerzo”. Pero Félix Azuaje, su compañero,
replica: “A fin de mes uno piensa: mi vida vale este cheque.
Pero tú después lo piensas y te das cuenta de que
tu trabajo va más allá de eso”.
Esa mística de trabajo pareciera ser la más poderosa
motivación que tienen para salir a la guerra diariamente.
Y cruzan los dedos, se encomiendan a su santo, elevan los ojos al
cielo los días que la muerte viste su muerte amarilla, rogando
por no encontrarse con ella. Después de todo, todos somos
Tortoza.
Tomado de la revista EXCESO, de abril 2003
A
MIS COMPAÑEROS TORTOZA Y AGUIRRE
Por
Fernando Sánchez
La
pauta ordenada por Dios a mis compañeros Tortoza y Aguirre
me hace recordar que durante los sucesos del 11 de abril del 2002
cumplía funciones reporteriles en la esquina de Pedrera,
avenida Baralt. El sonido de las balas silbaba en mis oídos
cuando me enteré de que Jorge Tortoza estaba gravemente herido.
Quedé impactado, lo auxilie, no lo creía, pero lamentablemente
era cierto, estaba muy mal herido, de mano de un pistolero que aún
no ha pagado su culpa. Más tarde la vida de nuestro colega
se apagó en un hospital.
Tortoza también cubría gráficamente los sucesos
en la avenida Baralt. Estoy seguro que el sujeto que alejó
físicamente a nuestro compañero de todos nosotros
no ha podido estar tranquilo, la conciencia le atormenta, y que
poco a poco su vida se irá extinguiendo, mientras, la de
Tortoza se encuentra en la gloria, disfrutando de esa paz que Dios
da. No así a su agresor, a quien ese mismo Dios se encargará
de administrarle la justicia divina.
Han pasado cuatro años y pasarán muchos más,
pero Tortoza nunca será distanciado de nuestras mentes, siempre
lo recordaremos. Todavía no nos hemos recuperado del dolor
que nos causó su partida, y ahora nuevamente ese mismo dolor
se acrecienta causado por un elemento inescrupuloso que acabó
cobardemente con la humanidad de nuestro compañero Jorge
Aguirre, sin medir la consternación, el dolor y el desconcierto
que produciría a sus familiares y amigos.
El asesino que le quitó la vida a nuestro colega, no podrá
estar en paz con su conciencia y cada vez que vea una cámara
fotográfica, se acordará del momento cuando cegó
la vida de Aguirre que sólo tenia en sus manos una herramienta
de trabajo, mientras que él tomaba en sus manos un arma de
fuego con la cual le quitó la vida cobardemente.
Compañero Aguirre, al captar fotográficamente a su
victimario en los últimos minutos de su vida cuando el visor
de su cámara se oscurecía, demostró que los
reporteros gráficos venezolanos estamos hecho de una madera
fuerte y especial para enfrentar los momentos difíciles,
aun cuando tengamos la muerte muy cerca.
Compañero Aguirre, amigo, buen hijo, buen padre y buen esposo
con su retirada las cámaras del periodismo venezolano están
de luto y pasarán muchos años para poder recuperarnos
de este dolor y resignarnos a no verle más entre nosotros,
celebrando algún momento jocoso. ¡Ah…! pero también
verle llegar, saludando de esa forma cordial y amistosa, imágenes
que nunca podremos olvidar.
Mi amigo Aguirre, estoy plenamente seguro de que Dios, el “editor
mayor” te asignó una pauta y responsablemente la estás
cumpliendo, como siempre lo hiciste aquí en la tierra.
Tortoza y Aguirre, mis compadres, ¡nunca los olvidaré!.
23-04-06