11 de abril de 2002

Al 11 de Abril de 2006, Cuatro años de Impunidad

Jorge Tortoza, otra bala perdida

Eurídice Ledezma

Hasta los trágicos acontecimientos de ese abril tristemente inolvidable, Jorge Tortoza era poco conocido fuera del cerrado círculo de los reporteros gráficos, para la mayoría, era apenas un nombre junto a una fotografía. Caído en el cumplimiento de su deber hace ya un año, se ha convertido, a un tiempo, en uno más de los casos que son emblema de la impunidad que reina en el país y en un símbolo de los riesgos de la profesión periodística. Su muerte –apenas una más del saldo de la violencia política- ha quedado suspendida en la conciencia nacional sin consecuencias judiciales, mientras los corrillos dan cuenta de toda suerte de conjeturas a costa de los dolientes, cada vez más lejos de la justicia.

Ya en pie a las cuatro de la mañana, el café negro recién colado siempre deja espacio para la conversación íntima, familiar: “Menos mal que llovió”, comenta Sonia, “porque si llueve la marcha se disuelve”. El responde: “Pero esta gente va a llegar a Miraflores y si siguen va a correr sangre”. Un escalofrío los recorre a ambos. Horas más tarde, ciertamente, corre sangre, un río de sangre que desborda tres cuadras del centro de Caracas y amenaza con ahogar la vida democrática nacional.

Primera parada: el diario 2001. Son las 7 de la mañana del 11 de abril de 2002. Pauta en Yare: la noche anterior las autoridades locales deciden, muy democráticamente, disolver una protesta cívica a tiros. Los heridos, teóricamente, están en el hospital. Llegan allá y ya los han dado de alta. La guerra ahora es en la Universidad Central de Venezuela: encapuchados disparan en contra de la gente que va por la autopista. Son las 12 y media. No logran entrar. Tercera parada: guerra en El Silencio: “Se prendió el peo, nos vamos pa´l Calvario, le comentará Jenny Oropeza a Jorge Tortoza. Ella se va en moto y él a pie. Cuando se reencuentran en la Urdaneta y ven la manifestación en los alrededores del Palacio de Gobierno, Oropeza se abraza a él entre risas nerviosas. “Me van a crucificar”, le dice señalando la bandera americana que adorna sus blue jeans mientras trata de taparla con el bolso. Tortoza le responde: “¿Qué te pasa, Jenny. ¡Compraste un cochino!”. La expresión es corriente en el idioma vernáculo de la fuente de sucesos, y sirve para ayudar al compañero a recomponerse cuando el miedo intenta ganar terreno.

Después se separaron. Ella hizo el último pase al circuito AMFM Center antes de la cadena presidencial y corrió hacia la redacción del periódico, no sin entes encargarle a Amílcar Chourio, el conductor, que se quedase con el fotógrafo. Este se estacionó en la esquina de La Bolsa y desde allí presenció en primera fila la suerte de película de horror en la que se convertiría la tarde. Fue sólo por pocos minutos, pues lo llamaron del periódico. De Muñoz a Pedrera vino la bala calibre 38 “encamisada”. Trayectoria interorgánica descendente y ángulo de tiro ubican al victimario, a quien por razones estratégicas la policía prefiere no identificar públicamente. Tiene un revólver 38, una gorra amarilla y sale en varios videos subiendo hacia Puente Llaguno mientras
se guarda el arma en el pantalón. Suficiente. Se dice que la foto la puso en el expediente el mismo comisario Henry Vivas. Sonia Tortoza, hermana del fotógrafo, duda y pregunta: “¿Pero esa información es confiable? Y la interrogante cabe. Sin duda. Se trata del 11 de abril, se trata de Jorge Tortoza.

A veces el pecho se vuelve enorme: el corazón se ha encogido de tal forma que parece que sólo hubiese aire en la cavidad toráxica. Y el dolor, la rabia, la desconfianza se salen por los poros y encienden la mirada. Esos son los ojos de Sonia Tortoza, a los cuales se asoman la furia y la vulnerabilidad indistintamente y sin previo aviso. Y el interlocutor desprevenido se encuentra también sin previo aviso, en una montaña rusa emocional que tres horas y medio después ha destrozado cualquier posible pretensión de distanciamiento periodístico. La han acusado de chavista, la han acusado de intransigente, incluso, se han burlado de ella… Ahora exige respeto. Y tiene derecho. No cabe duda.

Hay quien dice que el diputado Juan Barreto aleccionó a Winston Bravo, el ex fotógrafo de Abril, que dijo tener “evidencias referenciales” de que los medios necesitaban un muerto y que Tortoza era el primero en la lista y él el segundo. Hay quien dice, incluso, que los han utilizado en una campaña de descrédito contra el Bloque de Armas. Y es que opiniones, hipótesis, móviles ha habido para todos los gustos, desde la venganza personal hasta el homicidio premeditado de Nelson e Israel Márquez con complicidad de Jenny Oropeza, pasando por la hipótesis nunca desechada de los francotiradores –en versión de tiradores con la alevosa ventaja de un puente- y la que pareciera tener más peso en la actualidad: la del asesino con 38 milímetros y gorra amarilla cuya fotografía colocó en el expediente que lleva el inspector Domingo Chávez el propio comisario Henry Vivas.

La utilización del caso como bandera política no es cosa nueva. El propio Círculo de Reporteros Gráficos publicó hace unos meses un comunicado en el cual rechazaba esa tendencia. Más aún, la pobreza de resultados en la investigación hace validar cualquier teoría de la conspiración, incluida aquella que advierte de un pacto, no ya de caballeros sino de malandros, entre los dos principales sectores del espectro político nacional. Baste decir, por ejemplo, que algunos miembros de la Comisión Política que investigó los hechos acontecidos en abril 2002 aún retienen información valiosa con el objetivo de no perjudicar a funcionarios que participaron inicialmente en la investigación. Además, por supuesto de la conveniente rotación de agentes policiales para ser sustituidos por uniformados del interior de la República que, recién llegados a la ciudad, no sabían demasiado bien la distancia entre Puente Llaguno y la esquina de Pedrera.

Aquella mañana él amaneció de bala y ni siquiera se dio cuenta. La vida se volvió canalla ya en la tarde, y definitivamente villana mal nacida cuando Tortoza se cruzó con aquella gorra amarilla que le disparó en el rostro. Y de repente el cielo se volvió tan azul como una herida de bala. Demasiado azul. Tanto que quizás creyó ver a Dios parado enfrente. Se acaba la guerra. Ya no hay más gas, no más sangre, el cuerpo se vuelve intangible, innecesario y se despega suavemente hacia arriba sin poder calmar el llanto de los que quiere, pero en paz…

Aquel hombre, aún no sabe –un año después y no se sabe-, tenía licencia para matar, se sentía poderoso; confundido en el medio de aquel caos descargó su arma sin mediar palabra, sin explicar aquella guerra y Tortoza se desplomó. Sangre, confusión, “una ambulancia, busquen una ambulancia”; sospechar que ya está muerto. “Es periodista”. “¡Es Tortoza!”. Correr, buscar aire, ver a la gente caer como muñecos sin vida, sin valor. Cabe aún la pregunta aterrorizada ante lo que se desconoce: “¿Qué es esto?”. Un año después y todavía no se sabe.

Su hermana intenta armar el rompecabezas una y otra vez: “Llegué al hospital como a las 7 y ya lo habían operado. Lo tenían en terapia intensiva. Primero sale un doctor y me dice que había que trasladarlo porque estaba muy mal. Luego sale otro y
me dice: ´Señora, no lo saque, no se lo lleve, él no va a aguantar un traslado`. Y yo pensaba en la situación en las calles, en las tanquetas, en la distancia…”. Mientras tanto, Lenny, casi hija, contestaba el celular de Jorge e informaba a Jenny Oropeza de la situación. La reportera lograría que el primer comandante de los Bomberos Metropolitanos, Rodolfo Briceño, enviase una ambulancia y la enviase tres veces. Fue inútil, pese al convencimiento de Lenny de que en la Clínica Vista Alegre podrían salvarlo, la familia optó por no correr el riesgo. Jorge moría poco después de las 9:30 de la noche.

Sonia Tortoza repite sus pasos: “Ese día que ocurre la desgracia mi mamá no estaba viendo la televisión. Nos enteramos por la radio. Mi hermano lo oyó en un taxi. Mi comadre lo vio por cable y llamó a mi hija. Yo estaba en la escuela, eran como las 6 de la tarde. Suena el celular de una compañera. Yo había oído el comentario, `parece que mataron a un periodista`. Ella me dice: `Sonia, es Arturo, que parece que a Jorge le dieron`. En ese momento dije: `Mataron a mi hermano`”. Sin embargo la esperanza llenaría su corazón y mientras se acercaba en el carro esquivando tanquetas hacia el Hospital Vargas, pensaba: “Seguro que Jorge lo que tiene es un rasguño en un brazo o en una pierna y está muy tranquilo allá”. Mientras tanto, Simón Clemente, César Muro y Ricardo Matheus, compañeros de guerras callejeras, buscaban entre cada herido de Lídice, del Pérez Carreño… En el Vargas les habían dicho que no estaba. Además, eran once los fotógrafos heridos de aquella tarde. ¿Blancos por pura casualidad? Difícil creerlo.

De acuerdo a las cuentas de Oropeza, Tortoza entró al Vargas a las 2:35 de la tarde, y ellos lo encontraron a las 6 y 35. Esa no es la impresión que tiene Sonia Tortoza: “Yo lo que siento, lo que más me duele, es que a esa gente no le haya importado la vida de mi hermano”. Oropeza, luego de siete años de trabajo con el fotógrafo, asegura que le hubiera gustado estar más cerca de la familia Tortoza, compartir más con ellos. Pero esto no ha sido posible, han sido demasiados impasses, como el que ocurrió con la funeraria. El periódico había ofrecido correr con los gastos del entierro y contrató los servicios de la Funeraria San Martín. Era cómodo, todos los colegas del 2001 podrían asistir. Incluso el embajador de Estados Unidos podría rendirle honores al caído y el comando de la Policía Metropolitana también. La familia, sin embargo, tenía otra idea. Querían velarlo en Catia. Se llevaron el cuerpo. La visita diplomática quedó suspendida por saqueos. Sólo llegó un representante del gremio y, a modo de despedida, colocó un rollo y una lente dentro del ataúd. Ese sería apenas el comienzo de una serie de desavenencias y acusaciones entre ambas partes.

Israel Márquez, director de 2001, no es, ciertamente, una persona cálida. Pareciera, de hecho, disfrutar en exceso de su rol y jerarquía. Fue reportero policial y jefe de Relaciones Públicas de la Policía Metropolitana cuando esta se encontraba en la esquina de Monjas. Márquez relata lacónicamente y no sin cierta incomodidad los incidentes relacionados con aquella tarde: “Mis hijos me llamaron y me dijeron que a Tortoza le habían pegado una pedrada en la cabeza, que estaba en el suelo y que le querían quitar la cámara. Yo les dije que se trajeran la cámara”. Así de sencillo: rescatar la cámara. El lo explica: “Cuando hay un evento de esos no puedes levantar a la persona. Pero, realmente fue cuestión de minutos, después de levantar la cámara llegaron los paramédicos”. Imposible no preguntarse qué habrá sentido Tortoza. ¿Se habrá dado cuenta de tanto pragmatismo?
Por supuesto que tener claras las prioridades, aunque los valores sean discutibles, no significa que la versión –aparentemente empujada por el oficialismo- de que el Bloque de Armas asesinó a Tortoza tenga asidero en la realidad. Márquez repite como quien ha debido usar el mismo argumento muchas veces: “Si tú vas a mandar a matar a alguien, ¿vas a mandar a tus propios hijos?”. Y continúa: “La familia siempre estuvo apoyada, empujada y dirigida por el partido de gobierno”. Márquez es muy puntual y asegura que el caso en contra de sus hijos está cerrado, puesto que se hicieron las pruebas pertinentes y se concluyó que “no hay restos de pólvora ni en las
manos ni en la ropa: el arma no fue percutada. Igualmente sus cargadores no tenían rastros de pólvora”. A ambos pilotos se les dio libertad y les fueron devueltas sus armas, con lo cual deberían quedar perfectamente limpios sus nombres.

La liquidación e indemnización de la familia, por supuesto, también dio lugar a conflictos. Argumentando que “los hermanos” del fotógrafo querían apropiarse del dinero, pasaron el caso a un tribunal para que fuese éste el que determinase quién debía recibir qué. Aproximadamente 19 millones fueron repartidos entre su madre y su hija Andreína de cuatro años, única descendiente legal del reportero gráfico.

Oropeza cuenta: “El no era sólo fotógrafo, era como mi aliado en la búsqueda de información”. Una sonrisa amarga se dibuja en su rostro cuando recuerda la llamada de Gustavo Rodríguez de El Universal para avisarle que su compañero inseparable había muerto. Pero lo más amargo para ella, además de la pérdida, ha sido verse involucrada en un expediente de homicidio: “Según ellos, en el Bloque de Armas matamos a Tortoza”. Enciende un cigarrillo para continuar: “Creo que he sobrepasado el dolor con rabia, con impotencia porque tratan de inmiscuirme. Cuando leí el expediente me di cuenta de que la PTJ revisó mis cuentas bancarias, mis llamadas telefónicas. Pensaban que me habían depositado algo por cómplice. Incluso una cuñada de él llegó a asegurar que yo, Jenny Oropeza, había llamado al agente que tenía el revólver de Tortoza para que me lo entregara. No es cierto. Yo a quien si llamé fue a mi comisario Avendaño para verificar si había sido Tortoza el fallecido”.

Con respecto al arma Sonia Tortoza comenta: “El se compró ese revólver a raíz de que le dieron esa cámara. Pusimos la denuncia y a los días nos llamó el agente del Grupo Fénix, los de marrón, que lo tenía. Yo le dije: `Pero es que nosotros no te vimos ayudando a Jorge en el video`”. Todo lo que ella y su familia tienen son conjeturas, intuiciones, sospechas, referencias de terceros, incluso algo de leyenda urbana: “Dicen que él le entregó un diskette a un policía y se ve en un video que su mano se desliza sobre la de otra persona. Dicen que incluso el policía le dio el diskette a Miguel Angel Rodríguez de RCTV, ¿sabes? El de lentes. Y sigue: Yo tenía rabia pero no tenía fuerza para discutir. Tenía tanta rabia que lloraba. Pienso que allí hubo un complot. Nunca había escuchado que a la gente le exoneraban el pago de funeraria. Nunca: ni el 27 de febrero ni el 4 de febrero… Eso me hizo pensar”. Por eso decidió que la placa que le entregó Fedecámaras a su hermano no va a ser colocada en la pared en la que colocaba todos sus diplomas y reconocimientos, no: “Ellos también son responsables por esto”.

Dentro de esa línea de pensamiento, del complot y la conspiración se ubica Eliécer Otayza, ex director de la DISIP, quien insiste: “Tortoza fue un blanco escogido, se pagó a una persona que estaba armada debajo de Puente Llaguno. Creo que hay civiles que fueron traídos especialmente para esa acción”. Interesante, por cierto, es la descarnada visión que tiene Otayza de las responsabilidades concernientes a los eventos del 11 de abril: “Ten la seguridad de que aquí va a haber un juicio sobre el 11 de abril y en ese momento va a haber muchos enjuiciados de este lado por omisión: tú no cumpliste tus funciones y por no cumplir tus funciones yo salí dañado”. Entiéndase entonces que el director de la DISIP y el de la DIM tendrían responsabilidades específicas.

Impasses hubo también con Liliana Ortega, directora de COFAVIC y con el fiscal Héctor Villalobos, quien preguntó a Sonia Tortoza si era chapista. La familia se acercó a PROVEA solicitando asesoría. Marino Alvarado, director jurídico de la ONG, asegura haber revisado el expediente durante más de seis horas con los familiares. Asegura que hay más de 150 fotografías que incriminan a policías, civiles y militares que, hasta octubre, “se veía que la CICPC estaba trabajando con un alto nivel de seriedad”.Coincide con este punto de vista una fuente parlamentaria que, sin embargo, subraya: “Creo que hay voluntad de investigar pero ni la PTJ cuenta con los recursos financieros ni la comisión es lo suficientemente grande. Eso no promete resultados en el corto plazo”. Por cierto, también el asunto del abogado defensor ha dado espacio
para la especulación. Sonia Tortoza asegura: “No tenemos. A veces nosotros mismos somos nuestros abogados”. Márquez explica: “No lo crea”. Y Alvarado apunta: “Creo que el abogado de la causa es Fabián Chacón”.Jurista cercano, pero muy cercano, a Miraflores, hay que subrayar.

Nauseabundo. Entrar a ese lugar es comprender el significado exacto de esa palabra. Descender aquellas escaleras obliga a la alegoría de quien transita hacia el infierno y respira pesadamente el olor de la muerte cuando se ha enseñoreado ya en aquellos pobres cuerpos que días, semanas e incluso meses antes tuvieron alma y pensamiento propio. Hoy abandona la helada posada el inquilino más abandonado. Ese al que nadie reclamó, que nadie lloró. Nueve meses y 18 días después sale de la Medicatura Forense de Bello Monte la última víctima del 11 de abril.

En franco contraste con el ambiente, un pequeño árbol de Navidad artificial con adornos rojos y dorados se empeña en brillar intermitentemente frente al estante de metal y cristal donde se hallan dispuestos los cráneos para estudios criminológicos. El pequeño ángel que lo corona parece ajeno por completo a tanta muerte. A la derecha,y al fondo sentados alrededor de una mesa se encuentran el médico forense y el fiscal cuarto mayor de Ambiente, Danilo Anderson, con su asistente Oliver Najera. Anderson, de bigotillo semipoblado y mirada esquiva, escudriña con disgusto y desconfianza al visitante. Breves presentaciones y el acuerdo de esperar arriba mientras tiene lugar el último reconocimiento. Afuera el cielo es azul, sorprendentemente azul.

Ya en el Cementerio General del Sur, Anderson realiza una magnífica perfomance delante de las cámaras. Telegénico, como quien nació para ello responde: “La víctima no tiene registros dentales, la nacrodactilia tampoco arrojó datos. La Interpol ayudó pero lo cierto es que jurídicamente no existe y en Venezuela no existe. ¿La herida? En la mandíbula con arma de fuego. Blanco de 56 años, aproximadamente. Cayó en la esquina de Bolero. Se pensó que era colombiano, pero tampoco, aunque allá tiene un amplio prontuario. No podíamos esperar más. De todas formas vamos a tratar de dejar muy bien identificado todo por si alguien lo reclama más tarde”.

Por lo pronto, la Capilla María de San José, pequeñísima y muy sencilla, luce vacía. Cinco representantes del Ministerio Público, el cuerpo y el sacerdote intentan respirar y rezar sin asfixiarse. Como si fuese una escolta armada hasta los dientes, aquel intenso olor ha empujado a camarógrafos y reporteros de televisión fuera del recinto. De hecho, no llegaron a entrar. El sacerdote, menudo, casi dulce, regaña a los fiscales: “¿Ustedes son los encargados de investigar los casos del 11 de abril? Pues que Dios los acompañe y los proteja y que la inteligencia del todopoderoso los ilumine, porque ustedes tienen una responsabilidad enorme y no sólo ante la justicia del hombre”. Bendice al que parte y se marcha.

Reporteros, camarógrafos, fotógrafos, fiscales y enterradores conforman una muy poco cálida comitiva de despedida. Nadie llora. Nadie reza. El camioncito de la morgue que conduce Ruperto casi no logra salvar la pendiente, las moscas bailan cerca del retrovisor y el olor es insoportable. Sorprendente que este hombre tenga la fantástica presencia de ánimo como para decir: “Hay que vivir”. Con alivio descender del camioncito y llegar hasta el nicho. Los entierran en Tacoa II, uno de los rincones más olvidados del cementerio. Pero antes, para sorpresa y repulsión de todos, abren el ataúd. Instintivamente, todos retroceden. La imagen es terrible. El muerto del nicho 688-03 abandona el mundo de los vivos tal como llegó a él: sólo y desnudo.

Menos preciso con respecto a Tortoza, Anderson, fiscal a quien muchos consideran “de confianza” de Isaías Rodríguez –recuérdese que le fueron ampliadas sus competencias, sin solicitarla, después de la retoma del canal del Estado en abril- y que lleva casos tan emblemáticos y controversiales como el de los pronunciamientos militares en Plaza Altamira, considera: “Ese caso ha tenido muchas complicaciones por las cosas que rodearon su muerte. Al principio se dijo que era una 9 milímetros. Cuando sale la experticia se demuestra que era un 38”. Curioso, porque Miguel Dao, quien era la cabeza de la del CICPC el 11 de abril y que se abocó a la resolución de los homicidios cometidos en aquella emboscada durante 30 horas continuas de trabajo –antes de que lo suspendiesen el día 15 de abril-, afirma: “Me parece extraño, porque el comentario de que era una 9 milímetros era de expertos”. Prudentemente, agrega: “Nos es que quiera negar el valor de las experticias que se hicieron después, pero es extraño”.

Anderson se queja: “Los medios han obstaculizado la investigación creando matrices de opinión pública muy negativas”. Habrá que revisar a Habermas, a Berlo. Argumentos que en el caso de Jorge Farnud acusó pudiendo tomar decisiones jurídicas mucho mas favorables al oficialismo remata defensivamente: “Yo no estoy aquí para complacer a nadie, a ningún sector. Estoy aquí para aplicar el derecho”. Claro, ya casi resulta un lugar común preguntarse que tan aplicable es el derecho en una República donde los poderes públicos distan bastante de ser autónomos de la ominipresente figura y poderío presidencial.

Los casos del 11 de abril están enmarcados jurídicamente dentro del concepto de “complicidad correspectiva” del Artículo 426 del Código Orgánico Procesal Penal, lo cual, en términos del ciudadano de a pie, significa: “No se quién fue pero todos van presos”. Un año después, el balance es aproximadamente como sigue: 8 policías metropolitanos imputados por la muerte de dos personas, tres homicidios casi resueltos y la imputación del delito de lesiones a 31 personas. Hay, por cierto, 16 prófugos de la justicia y la sospecha de que por lo menos otro más salió del país. Eso sí, hay un problema: los cargos contra los victimarios son homicidios calificados en grado de frustración, uso indebido de armas de fuego, resistencia a la autoridad e intimidación pública, pero no existe la imputación de víctimas específicas a cada presunto homicida. Ello, obviamente, debilita el caso, porque para que haya un victimario se necesita una víctima. Para el diputado Alfonso Marquina, quien formó parte de la Comisión Política de la Asamblea Nacional que investigó los hechos, el asunto es sencillo: “No hay voluntad política y por eso es que estamos en los niveles de impunidad que estamos”. Miguel Ibarreto, ex jefe de la división nacional de homicidios fue, por ejemplo, separado de su cargo y enviado a Carúpano. Cuando alguien trata de buscarlo la respuesta es inapelable: “Está de vacaciones”.

El ex comisario Dao, cuando se le inquiere acerca del valor de los interrogantes que hiciesen cuando “todos los directores de cuerpos policiales estaban en estampida”, puntualiza que aquellos primeros indiciados “son los únicos presos, son los únicos detenidos. De no haberse hecho esos presos, de no haber sido aprendidos de manera flagrante como se detuvieron –porque los fiscales manejaron la flagrancia- y mi presencia en todos aquellos procedimientos fue tratando de mantener el equilibrio y el correcto procedimiento policial”. Son los presos de Puente Llaguno, cuyo caso se radicó en Maracay bajo el argumento de que “ya los medios los habían sentenciado”.

Para Anderson la tesis de los francotiradores es muy floja, puesto que se comprobó que “casi todas las personas murieron con 9 milímetros, una con 38 –Tortoza-, otra con Fal, 7.62 y dos más con calibre 5.56. Para que se tratase de francotiradores tendríamos que estar hablando de calibre 3.08 Winchester o 2.23 Remington. Además, la trayectoria interorgánica tendrían que ser más descendente”.

En el departamento de fotografía del 2001 es casi como si Tortoza no se hubiera ido. César Muro, abre su locker y se enternece al ver el 3 en 1: “Jorge todo lo resolvía con el 3 en 1”. Y es que su locker todavía tiene su nombre en blanco y negro. Todavía
esta allí, por ejemplo, una foto de doña Rosa y la familia, también en blanco y negro, una nota vieja que dice: “Jorge Tortoza: llamar a la mocosa urgente”. Vale la pregunta indiscreta, desde luego: “¿Quién sería la mocosa?”. Muro se sorprende cuando entre el Atroveran y los mensajes viejos se encuentra un calendario del juego de beisbol de la temporada 85-86. Ahí salta Clemente: “Es que ese era fanático. Siempre se venía conmigo a los juegos: yo tomaba las fotos y él los veía”. Simón Clemente, el veterano, cuando casi con susto, casi en secreto: “Ese día le dije que yo iba para allá. El me dijo: `Quédate que tú estas muy viejo`. Y yo le dije: `Bueno, entonces déjame hacerte una foto en vida`. Y después que lo dije me asuste: `No, no me hagas caso, vete tranquilo`”. Muro se ha quedado pensativo. De repente dice con nostalgia: “¡El gallo, vale!”. Cuenta que siempre iban los tres al restaurancito de Manolo. Que ni siquiera tenían que ordenar: Les servían. “Imagínate que nos metíamos en la cocina. Nos estaban enseñando a hacer tortilla española. Ya casi no vamos para allá”. Tras los cristales la mirada se nubla, pero no hay demasiado tiempo para eso: debe subir a recursos humanos.

Clemente saca un montón de foto de condecoraciones. “¿De acción? No, la verdad es que no tenemos ¿Sabes? Después que Jorge se murió comencé a tomarles fotos a todos mientras trabajaban”. Emotivo, sensible, Clemente recuerda que incorporó a Jorge en el Bloque de Armas en unas vacaciones. Pasaron 12 años. Puntual, serio, trabajador, se ganó el respeto de los colegas. “Era increíble, imagínate que todos podíamos estar sucios, en medio de un barrial, y Jorge no. El sacaba un trapito y se limpiaba los zapatos y quedaba impecable. Siempre andaba en paltó, elegante”.

Todos han tenido experiencias muy fuertes en los últimos tiempos: A Fernando Malavé, quien entrara por Tortoza, le disparo un guardia nacional en PDVSA-Chuao, porque quiso tomarle una foto. “El me dijo: `Vete de aquí que te voy a matar`. Volvió a cargar y yo pensé: `Si suelto el flash me da el segundo disparo`”. Susto mayor fueron los 12 o 15 minutos de: “¡Un herido! Quítate que yo soy médico. ¡Yo soy ingeniero! ¡Mantenlo aquí! ¡No, móntenlo allá!”. La llegada de la ambulancia de Salud Chacao fue una bendición, hasta que a una de las paramédicos se le ocurrió comentarle al chofer: “¡Dale rápido que esto es una emergencia! “. Malavé pensó que le habían sacado los pulmones, que se estaba muriendo. Pensó en sus tres hijos, en su mamá, en su mujer que da clases y que casi nunca ve la televisión. Claro que la experiencia de Tortoza enseñó muchas cosas, y cuando Malavé llegó al hospital de El Llanito ya lo estaba esperando el jefe de seguridad con carta aval y montón de colegas de diversos medios.

Tras mes y algo de reposo arriesgarse a tomar una buena foto en la avenida México luego del estallido de una granada fragmentaria y en medio de una enorme manifestación oficialista es como para pensarlo. Y lo pensó. Pero no sólo él lo piensa, todos los demás también: “Estamos chorreados”. Malavé puntualiza: “Esa gente como que quisiera borrar evidencias y las evidencias quien las lleva es uno”. Seguramente Tortoza asentiría.

A César Muro y Ricardo Matheus los asaltaron en los Vales del Tuy y les robaron cámaras, celulares y dinero. A César Fuentes lo quemó la onda expansiva de un Bin Laden y a Simón Clemente le tocó enfrentar a la oposición talibana en los alrededores de PDVSA y recibir un cacerolazo en Los Samanes durante un allanamiento. Fuentes comenta: “No es como antes, que uno sabía que se mataban entre ellos. Ahora nosotros somos el blanco”. Oficio peligroso, por estos días: Mucho chaleco antibalas, muchas máscaras antigases, muchos cacos de acero, pero a la hora de los tiros ni siquiera cuentan con un HCM. Oficio ingrato: Muro regresa indignado, dolido, le están ofreciendo un acuerdo para que salga del Bloque de Armas por reducción de personal. ¿Inamovilidad? ¿Quién dijo? ¿Acaso el robo de la cámara detonó la situación? Y es que las cámaras son importantes. Valoradas en 11 mil
dólares, son un bien muy preciado, no les pertenecen, son de la empresa. Quizás ellos expliquen por qué tanta diligencia para recogerla cuando cayó Tortoza:El cuerpo no se podía mover pero la cámara, definitivamente, sí. Nelson e Israel Márquez, hijos de Israel Márquez, director del 2001 actuaron rápido, pero también lo hizo la Policía Metropolitana, que los arrestó cuando descubrió que habían tomado el bolso del reportero gráfico. La juez 24 y la fiscal 54 harían el ATD (Análisis de Trazas de Disparos), y el CICPC (antes PTJ) haría la prueba de balística: Los 9 milímetros que portaban ambos pilotos no habían sido disparados, tampoco el revólver de Tortoza había sido accionado.

Malavé pregunta un tanto decepcionado: “Hoy en día ¿quién es Tortoza? Un tipo que murió. ¿Quién lo recuerda? Su mamá. Pienso que no ha valido la pena el esfuerzo”. Pero Félix Azuaje, su compañero, replica: “A fin de mes uno piensa: mi vida vale este cheque. Pero tú después lo piensas y te das cuenta de que tu trabajo va más allá de eso”.

Esa mística de trabajo pareciera ser la más poderosa motivación que tienen para salir a la guerra diariamente. Y cruzan los dedos, se encomiendan a su santo, elevan los ojos al cielo los días que la muerte viste su muerte amarilla, rogando por no encontrarse con ella. Después de todo, todos somos Tortoza.

Tomado de la revista EXCESO, de abril 2003


A MIS COMPAÑEROS TORTOZA Y AGUIRRE

Por Fernando Sánchez

La pauta ordenada por Dios a mis compañeros Tortoza y Aguirre me hace recordar que durante los sucesos del 11 de abril del 2002 cumplía funciones reporteriles en la esquina de Pedrera, avenida Baralt. El sonido de las balas silbaba en mis oídos cuando me enteré de que Jorge Tortoza estaba gravemente herido. Quedé impactado, lo auxilie, no lo creía, pero lamentablemente era cierto, estaba muy mal herido, de mano de un pistolero que aún no ha pagado su culpa. Más tarde la vida de nuestro colega se apagó en un hospital.

Tortoza también cubría gráficamente los sucesos en la avenida Baralt. Estoy seguro que el sujeto que alejó físicamente a nuestro compañero de todos nosotros no ha podido estar tranquilo, la conciencia le atormenta, y que poco a poco su vida se irá extinguiendo, mientras, la de Tortoza se encuentra en la gloria, disfrutando de esa paz que Dios da. No así a su agresor, a quien ese mismo Dios se encargará de administrarle la justicia divina.

Han pasado cuatro años y pasarán muchos más, pero Tortoza nunca será distanciado de nuestras mentes, siempre lo recordaremos. Todavía no nos hemos recuperado del dolor que nos causó su partida, y ahora nuevamente ese mismo dolor se acrecienta causado por un elemento inescrupuloso que acabó cobardemente con la humanidad de nuestro compañero Jorge Aguirre, sin medir la consternación, el dolor y el desconcierto que produciría a sus familiares y amigos.

El asesino que le quitó la vida a nuestro colega, no podrá estar en paz con su conciencia y cada vez que vea una cámara fotográfica, se acordará del momento cuando cegó la vida de Aguirre que sólo tenia en sus manos una herramienta de trabajo, mientras que él tomaba en sus manos un arma de fuego con la cual le quitó la vida cobardemente.

Compañero Aguirre, al captar fotográficamente a su victimario en los últimos minutos de su vida cuando el visor de su cámara se oscurecía, demostró que los reporteros gráficos venezolanos estamos hecho de una madera fuerte y especial para enfrentar los momentos difíciles, aun cuando tengamos la muerte muy cerca.

Compañero Aguirre, amigo, buen hijo, buen padre y buen esposo con su retirada las cámaras del periodismo venezolano están de luto y pasarán muchos años para poder recuperarnos de este dolor y resignarnos a no verle más entre nosotros, celebrando algún momento jocoso. ¡Ah…! pero también verle llegar, saludando de esa forma cordial y amistosa, imágenes que nunca podremos olvidar.

Mi amigo Aguirre, estoy plenamente seguro de que Dios, el “editor mayor” te asignó una pauta y responsablemente la estás cumpliendo, como siempre lo hiciste aquí en la tierra.
Tortoza y Aguirre, mis compadres, ¡nunca los olvidaré!.

23-04-06


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